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Los paratextos de artes y gramáticas misioneras americanas

Nataly Cancino Cabello*



Resumen:

Las artes y gramáticas con las cuales los misioneros describieron los idiomas indígenas durante la Colonia, contienen un componente paratextual abundante y diverso, pese a lo cual ha sido escasamente estudiado. En este trabajo presentamos una clasificación de dichos paratextos respecto de su pertenencia al ámbito legal o a la tradición de las obras gramaticales impresas. Proponemos también considerarlos basándonos en su importancia como objeto de estudio, así como por su valor para diversas disciplinas humanas y sociales.

Recibido: 01-04-2016; Aceptado: 02-12-2016

Nueva revista de filología hispánica, 2017

Palabras clave : gramáticas, paratextos, lingüística misionera, impresos, historia del libro.
Keywords: grammars, paratexts, missionary linguistics, printed documents, history of books.

En las últimas décadas, se ha delimitado como objeto de estudio los textos escritos en situaciones de contacto asimétrico, con los cuales un grupo describió la lengua de otro grupo para evangelizarlo y crear un marco conductual acorde a las nuevas creencias. Al interior de este conjunto se distinguen aquellas clases textuales que se vinculan con la descripción lingüística y que implican, por tanto, un trabajo sobre la lengua (tratados didácticos para la enseñanza-aprendizaje de idiomas indígenas, como artes y gramáticas, vocabularios y calepinos), de otros que emplean la lengua y las reflexiones metalingüísticas para “actuar” en la comunicación intercultural y que constituyen, por tanto, un ejercicio con la lengua (manuales de conversión y administración sacramental, como catecismos, doctrinas, confesionarios y sermonarios). Este objeto, en conjunto, se ha venido a llamar lingüística misionera, designación que coincide con la disciplina que lo estudia.

Estos tratados son el producto tangible de una discusión sobre políticas lingüísticas que no llegó a resolverse del todo hasta, por lo menos, el 10 de mayo de 1770 con la Cédula de Carlos III, que imponía el castellano en América. Asimismo, estos textos implicaron decisiones de la Iglesia católica sobre el empleo de los idiomas vernáculos para la evangelización; es decir, dan cuenta de una planificación lingüística. Se deben, fundamentalmente, a que, en la práctica, los religiosos “se propusieron aprender las múltiples lenguas de los indios para transmitirles directamente en su idioma la palabra de Dios” (R. Martínez Baracs 1997, p. 74).

Las obras misioneras suelen contener un amplio aparato paratextual que de forma más o menos sistemática nos proporciona antecedentes sobre su contexto y sobre su estructura interna. El presente estudio tiene como propósito describir de manera global este componente en las artes y gramáticas misioneras de tradición hispánica en América. Lo presentamos como un acercamiento que busca explorar y abrir posibilidades de estudio para estas obras, cuya relevancia en la historiografía de la lingüística misionera es necesario destacar por las funciones que estos tratados cumplen en el mundo colonial.

El paratexto: antecedentes teóricos

Las investigaciones que se realizan en torno a los paratextos tienen el trabajo de G. Genette (2001) como la fuente más aceptada y, hasta ahora, quizás, la más completa en la que se observa un interés teórico y metodológico por su definición y clasificación. Puesto que este acercamiento se ofrece desde una perspectiva enunciativa (considerando, por lo tanto, los actores del proceso de comunicación y las circunstancias extradiscursivas), facilita la explicación de las obras que han pasado por un proceso de edición regular1.

Debido a la jerarquización textual (C. López y A. Seré 2001, p. 23), los paratextos enmarcan “el contenido nuclear de la obra” ( R.H. Yáñez Rosales y J.Á. Covarrubias Rentería 2016). En ese sentido están subordinados al “texto principal”, razón por la cual los estudios lingüísticos se han ocupado poco en examinarlos. En este trabajo, proponemos que su posición, en realidad, es “complementaria”, no “secundaria”. Además de presentar la obra, orientan la interpretación (Genette), de modo que instauran una relación entre el autor, el texto y el lector (López y Seré 2001, p. 27). Cumplen, así, una función mediadora comunicativa y pragmática (S. Sabia 2005-06).

En consecuencia con la perspectiva enunciativa, G. Genette (p. 10) ofrece una taxonomía según “factores de la comunicación” y propone un acercamiento múltiple a los paratextos a partir de un “pequeño cuestionario”:

Estos rasgos describen esencialmente sus características espaciales, temporales, sustanciales, pragmáticas y funcionales. Más concretamente: definir un elemento de paratexto consiste en determinar su emplazamiento (¿dónde?), su fecha de aparición (¿cuándo?), su modo de existencia, verbal o no (¿cómo?), las características de su instancia de comunicación, destinador y destinatario (¿de quién?, ¿a quién?) y las funciones que animan su mensaje: ¿para qué?

Con ubicación (“¿dónde?”), Genette se refiere a la posición del paratexto respecto al texto, diferencia, entonces, entre peritexto y epitexto. El primero está formado por los escritos que rodean al texto, en el mismo volumen, mientras que el segundo, por aquellos alejados del impreso, pero que hablan sobre él. En las obras de lingüística misionera aparecen componentes orientados a la reglamentación legal, política, eclesial, comercial, etc., que se incluyen en el volumen (cf. infra “Paratextos legales”). Así, este epitexto pasa a formar parte del peritexto.

A nuestro juicio, lo que caracteriza el paratexto es el hecho de que forma parte del volumen publicado, de modo que paratexto cumpla con la definición más apegada a la etimología, como ‘aquello que está junto al texto’ (M. Alvarado 2006, p. 16). En consecuencia, no consideramos los escritos que se refieren al texto, pero que no están en el volumen. Por esto, incluimos los documentos legales que aparecen junto con el cuerpo central de los textos misioneros.

El paratexto puede tener un carácter anafórico o catafórico, dependiendo de si se encuentra al inicio o al final del volumen. Así, los componentes que presentan la obra van primero, mientras que los últimos indican su conclusión (colofones, clausio). Aquellos que cumplen funciones editoriales (índices, erratas) pueden tomar ambas posiciones.

En relación con “¿cuándo?”, Genette propone la existencia de tres clases de paratextos: los anteriores (a la primera edición), los originales (aparecen junto con ésta) y los posteriores (por ejemplo, una segunda edición). Sobre la sustancia (“¿cómo?”), considera varios elementos de carácter verbal, icónico2, material3 y factual4. En este artículo nos referiremos a los paratextos verbales y a los hechos factuales que repercuten en la obra.

El estatus pragmático (“¿de quién?”, “¿a quién?”) se define por la naturaleza de emisor y receptor. El primero se identifica gracias a la atribución y aceptación de la responsabilidad. Es frecuente que el autor de la obra lo sea también de algún texto liminar; en este caso, Genette habla de paratextos autoriales, los cuales, a juicio de Sabia (2005-06), cumplen funciones premeditadas por el escritor, de modo que se relacionan estrechamente con el texto. También es usual, según Genette, que el responsable sea el editor; en ese caso, el paratexto es de tipo editorial. Es probable, igualmente, que los escriba una tercera persona; en este caso, se trata de un paratexto alográfico. Algunos estudiosos, como López y Seré (2001) y Sabia (2005-06), identifican dos clases en relación con el responsable; coinciden con la propuesta de Genette sobre los paratextos autoriales, pero no diferencian entre editoriales y alográficos, por lo cual responsabilizan a los editores de los liminares que no son escritos por el autor de la obra. Molina Landeros (2016) logra dar cuenta de los paratextos no-autoriales de su corpus aplicando esta propuesta a gramáticas coloniales. Ahora bien, creemos que la delimitación de un tipo alográfico promueve una idea más cabal del proceso editorial, pues estos componentes de los volúmenes misioneros responden al mundo legal y moral que los regulaba.

Según Genette, aunque la categoría de “receptor” es muy amplia, de modo que puede, incluso, abarcar potencialmente a toda la humanidad, algunos paratextos tienen un destinatario específico, mientras que otros van dirigidos a un público general. Así distingue entre paratexto público y privado. Finalmente, propone que la fuerza ilocutiva del paratexto determina su función, pues define qué se pretende con el mensaje (dar a conocer una intención, presentar una interpretación, etc.). De esta manera, la fuerza ilocutiva es la “razón de ser” de los paratextos, ya que orienta la interpretación.

El paratexto en las obras misioneras

Las obras de la lingüística misionera suelen ser textualmente híbridas: en un solo volumen se halla la descripción metalingüística junto con los textos que auxilian la práctica misionera (aunque existen tratados independientes). Aun cuando los estudios de la lingüística misionera se han ocupado de ambos aspectos, se ha descuidado el componente paratextual.

En este trabajo, nos interesan fundamentalmente los paratextos autoriales y alográficos, pues pretendemos rastrear la vinculación del autor con la obra -y, de ese modo, con el lector-, así como las huellas del proceso editorial. Proponemos una clasificación de los paratextos según los tipos textuales, los cuales son diversos en la lingüística misionera. En primer lugar, diferenciamos los “paratextos legales”, que se incluyen por obligación de la legislación; entre éstos, identificamos las siguientes clases: pareceres y aprobaciones, licencias y autorizaciones, tasas y privilegios. En segundo, hallamos los “paratextos de la tradición escritural”, incorporados por el deseo del autor de seguir un modelo anterior de obras metalingüísticas y eclesiales; estos liminares son: dedicatorias, prólogos y proemios y poesía.

Paratextos legales

Los documentos legales insertos en las obras misioneras derivan del hecho de que estos tratados, como cualquier obra, debían pasar por un mecanismo de censura antes de imprimirse, para obtener el permiso del Superior Gobierno y Eclesiástico, como consecuencia del control que se había iniciado con la irrupción de la imprenta. Particularmente, la vigilancia de la Iglesia surge tras la impresión de libros que contenían errores dogmáticos y morales. Por ello, el Concilio de Letrán establece, como medida preventiva, el sistema de censura previa por parte de vicarios, obispos u otro conocedor del asunto. En tanto, el Concilio de Trento obligó a obtener la licencia de los superiores para autores religiosos (De los Reyes 2000, p. 310).

Aunque al inicio del proceso colonizador se llevaron libros a América, pronto se imprimieron in situ obras de lingüística misionera. En 1539, Juan Cromberger instaló la primera prensa en México mediante Iuan Pablos, en cuyo contrato se establece que este último deberá conseguir la licencia del obispo para editar cada obra, cumpliendo la disposición de 1502 que Cromberger seguía en Sevilla. En 1555, el I Concilio Provincial de México prohibió imprimir y vender libros sin licencia del arzobispo (De los Reyes 2000, p. 177).

A partir de la Pragmática de 1558, el Virrey y el Arzobispo autorizaban las obras, y las licencias se debían insertar en el volumen junto con aprobaciones y correcciones de censores e inquisidores. Así, el aparato formal del libro se modificó irreversiblemente y se impuso una demora en el proceso editorial ( A. Bègue 2009). En América, las primeras obras en que influyó esta disposición fueron las editadas por Pablos en 1558, cuyo autor fue fr. Maturino Gilberti (Arte de la lengua de Mechuacán y Thesoro spiritual en lengua de Mechuacán). Desde 1560 se estipuló que los impresos debían pasar por el Consejo de Indias (Tagle 2007), pero parece que en la práctica bastaba con la licencia de las autoridades locales (De los Reyes 2000, p. 209).

El control sobre las lenguas indígenas se manifiesta en la Real Cédula del 5 de agosto de 1584, que prohíbe la impresión de vocabularios sin examen del Ordinario y de la Real Audiencia (De los Reyes 2000, p. 207). Las obras debían ser examinadas por expertos en los idiomas respectivos, de modo que estaban sujetas a un proceso ideológico y lingüístico de revisión, (des)aprobación y corrección (Molina Landeros 2016).

En Lima, para la primera impresión (de Antonio Ricardo), se establece un proceso engorroso, pues al acto mismo de la impresión deben asistir autoridades religiosas y civiles; sólo el impresor puede ver la obra hasta el examen y tasa; la licencia debe encabezar el volumen y, previo al depósito en el archivo catedralicio, se debe corregir el impreso con el original. Desde 1612 el sistema se simplifica: se hace la edición y se envía al gobierno para que se corrija y tase (De los Reyes 2000, p. 208).

Los paratextos legales son de carácter alográfico5. Son los epitextos que se convierten en peritexto y constituyen el relato discursivo del mundo legal y administrativo de la cultura impresa que queda registrado en los volúmenes. Diferenciamos aquellos que realizan el acto de “opinar” sobre la obra (pareceres y aprobaciones) de aquellos que “autorizan” la impresión (licencias y autorizaciones). Asimismo, se encuentran los que regulan el aspecto comercial (tasas y privilegios).

Pareceres y aprobaciones. Los pareceres y las aprobaciones eran enviados, junto con el volumen, a las autoridades religiosas o civiles, o a ambas, para conseguir la licencia. Son textos argumentativos, pues presentan razones para avalar la publicación (Molina Landeros 2016, p. 135) y pretenden convencer sobre las cualidades de los tratados, de modo que su objetivo es persuasivo: promover una acción ante el libro. Junto con las licencias, dan cuenta del control sobre los impresos y de las regulaciones legales y administrativas por las que pasaban; son una fuente para el estudio de la posición desde la que se evaluaba la obra, así como del apego a la moral religiosa y cívica imperante.

Se diferencian de las licencias, pues su propósito consiste en emitir una opinión de la obra; posteriormente, las autoridades los utilizaban para aprobar o negar la impresión. Vemos en ello la cadena de producción previa del impreso, la “pre” historia del libro. Así ocurre, por ejemplo, en la Gramática de Lugo (1619), en la cual se inserta un escrito en que fr. Gabriel Giménez, Padre Provincial, ordena al autor elaborar la obra debido a su experiencia y pericia en la lengua y a la necesidad de contar con un tratado de esa clase. Asimismo, le otorga, a modo de galardón, el título de Catedrático de la lengua en la Provincia. En la Gramática aparece otro documento en que el mismo Giménez manda examinar la obra a fr. Alonso Ronquillo y fr. Juan Martínez, como conocedores de la lengua. Aparecen también los textos que contienen la opinión de estos frailes (además de una aprobación de fr. Diego Valverde, Superior del Convento de Predicadores de Santa Fe). Antes de estos paratextos está la licencia de Giménez, de modo que encontramos un relato sobre el libro y los canales previos a su autorización e impresión. Estos paratextos permiten que la obra circule sin levantar suspicacias acerca de su contenido ni de su técnica lingüística; son, por tanto, un recurso de convencimiento. De alguna manera, al exponer una opinión favorable, respaldan las obras, aunque no las autoricen.

Con este ejemplo vemos las relaciones internas entre los liminares de un volumen. Aunque aquí los estudiemos separadamente, por motivos metodológicos y didácticos (según criterios de tipología textual), las distintas clases “dialogan” entre sí, especialmente las legales. Las remisiones dan unidad temática al conjunto paratextual y al tratado en sí, puesto que versan sobre el mismo. Sostenemos, con ello, la idea de “complementariedad” de los paratextos, en relación con la obra principal respecto de la cual se ubican periférica, pero no marginalmente.

La tipología de los textos no estaba claramente establecida en la época colonial americana. Así queda claro, por lo menos, con respecto al término censura, que, según Martínez de Souza (1989), en la tradición bibliográfica designa la intervención sobre la comunicación o el control sobre la difusión de determinado contenido a través de la decisión sobre su oportunidad o inoportunidad. Otra acepción indica que el primer paso para obtener la licencia era la censura, o informe favorable, sin la cual la obra no se imprimía; por ello, esta clase de texto también se ha denominado aprobación (Santander 1994, p. 136). Ahora bien, aunque encontramos censuras en el corpus, esta designación no es la que prevalece. Se halla, por ejemplo, en el Arte de Vetancurt (1673) y en el Arte de Flores (1753). En ambos casos, junto con la censura, aparecen otros textos: aprobación y parecer, de manera que cada una de estas obras cuenta con tres escritos que las avalan. Pese a los diferentes nombres, prácticamente cumplen funciones de la misma naturaleza y su superestructura no se diferencia de modo significativo. Creemos que corresponden a distintos modos de nombrar los textos para presentar una obra avalada y sustentada no sólo por distintas personas, sino también por distintas clases de documentos, lo que evidencia la dimensión argumentativa del complejo paratextual legal.

La cantidad de pareceres no es sistemática. Encontramos obras que presentan sólo uno, como el Arte de Molina (1571) o la Gramática de González Holguín (1607). El Arte de Valdivia (1606), en tanto, contiene una aprobación firmada por tres personas.

Es habitual que los firmantes se identifiquen por su filiación y posición institucional (religiosa o civil). Así, aparece una especie de “suma de cargos”, tanto actuales como pasados. Por ejemplo, en el Arte de Aldama y Guevara (1754), dan los pareceres:

El Lic. Joseph Buenaventura de Estrada y Montero: colegial del Real y Pontificio Colegio Seminario; abogado de la Real Audiencia; cura de Santa Cruz Teticpac; anterior Catedrático de lengua mexicana en la Real Universidad y cura del Real de Atotonilco.
El Dr. D. Juan Francisco de Torres Cano, anterior colegial del Real Colegio de S. Ildefonso; catedrático de Theología del Real Colegio Seminario de Antequera del Valle de Oaxaca; Examinador Synodal de Oaxaca; cura interino de Santa Clara Yxtepexi; cura interino y juez eclesiástico de Zaqualpa y de Santa Cruz Teticpac; juez eclesiástico de las parroquias de San Martín Ozoloapan, San Matheo Texcalyacac y Taxco; prebendado de la Colegiata de Nuestra Señora Santa María de Guadalupe.

Este recurso actúa mediante el principio de cantidad (‘a más cantidad, mayor es el efecto’, Agudo 2000), por lo que es una forma de accumulatio que “apabulla” al lector u oyente (no deja lugar a cuestionamientos), y refuerza la conclusión por medio de un argumento que se presenta como si fuera de autoridad. Cumple una función para la argumentación, pues promueve una imagen del firmante como persona docta, cuya lectura se ha de interpretar como la más adecuada y cercana a los intereses de su institución y de la sociedad en general, de modo que garantiza la estabilidad para la Corona y la Iglesia.

Los pareceres habitualmente tienen una estructura tripartita que da cuenta del aparato regulador de las impresiones y del proceso editorial. En primer lugar, se incluyen fórmulas introductorias que contextualizaban el documento: “Exmo. Señor, mándame U. Ex. Que reconoſca el Arte que en Lengua Mexicana ha compuesto el P. LeƐtor...”6. En segundo, gracias a la recurrencia a tópicos, se desarrolla el discurso laudatorio sobre la obra (Bègue 2009): “Y digo de ésta...”. Por último, se recomienda la impresión: “Y aſsí juzgo ſerá de mucha vtilidad la licencia que ſuplica el Author, para los moldes. México y Julio 21 de 1673” (Ignacio de los Hoyos, “Censura”, en Vetancurt 1673).

La evaluación de la obra, que suele ocupar la mayor parte de los textos, se realiza sobre criterios ideológicos y morales, particularmente, desde el principio de su no oposición a la fe y a las costumbres cristianas. Asimismo, se juzga y se valora su utilidad, ya que estos tratados tenían fines prácticos: “me parece ſer muy útil porque todo él eſtá lleno de preceptos Gramaticales, cō los quales no es poſible ſe dexen de aprouechar los que quiſieren aprender la dicha lengua” (fr. Alonso Ronquillo, autorización [sin título], en Lugo 1629).

Del mismo modo, se juzga el provecho para los indígenas debido al fin soteriológico del trabajo misionero: “el Arte... arguye bien el trabajo que aurá coſtado, al que correſponde la vtilidad y prouecho grande de aquellas almas” (Alonso de Toledo, presbítero; Diego Gatica, bachiller; Miguel Cornejo, bachiller, “Aprobación”, en Valdivia, 1606). Molina Landeros (2016, p. 145) señala que éste es un argumento importante, puesto que sitúa “al misionero como el redentor del desfavorecido indio y a la «pericia de lenguas» como el único camino para «enseñarles el camino al cielo»”.

Uno de los temas recurrentes en los paratextos es el reconocimiento del autor y de sus cualidades, las cuales han facilitado la confección del arte y la transmisión de la doctrina:

Es D. Joſeph Auguſtín de Aldama hombre tan ſingular, no ſólo en eſta lengua, ſino en facultades científicas, y mayores, que concibo ſer aquel de quien habló la divina boca, aſegurando que el fruto de ſus labios lo llenará de eſtimaciones: De fruƐtu operis ſui homo ſatiabitur bonis; ſiendo (porque no ſe entienda inconducente) eſſa literatura otro argumento, fuera de los que reſaltan de la miſma obra, para convencer que lo que explica en ella lo executa con magiſterio, porque es ſentir de el Máximo Doctor, que el A B C de la Cartilla enſeña mejor un hombre letrado, u doƐto, que no el que no ſabe más que eſſe A B C, porque para enſeñar lo poco hace mucho el ſaber el Maeſtro mucho (Joseph Buenaventura de Estrada, en “Parecer” de Aldama y Guevara 1754).

En estos paratextos también se sitúa la obra en relación con una tradición de la descripción lingüística. En el siguiente fragmento se advierte el apego a esa tradición en el interior de las órdenes:

Manantial de todo, y de buenas letras, es el Author de el libro; no me admira, porque, ſi es hijo de la Provincia del Santo Evangelio, ſale del Mare Magnum de la Religión del Serafín y Patriarcha Santíſsimo Franciſco, Archivo de los Miniſtros Apoſtólicos deſte Nuevo Orbe Mexicano, y de los elocuentes Cicerones de ſus idiomas varios. De que ſe infiere, y ſiento (reconocido el libro con cuidado), que de hijo del Santo Evangelio no ſe puede entender eſcribieſſe contra él ni torciera el ſentido de los Myſterios y Artículos de la Santa Fe Cathólica y Sacramentos (fr. Damián de la Serna, “Aprobación”, en Vetancurt 1673).

El conocimiento que tenía la Iglesia de la tradición retórica y gramatical, las virtudes que le atribuía y, en relación con ellas, el propósito (o uno de los propósitos) a que la destinaba, quedan de manifiesto en el siguiente fragmento:

ſi en todos los tiempos ſe ha eſtimado el Arte como última perfección de la naturaleza, éſte... acredita y manifieſta claramente no haver Idioma alguno incapaz de ceñirſe a los números y reglas del Arte, para ſu mayor inteligencia. Aſſí vemos que de aquellas Lenguas primordiales del Univerſo, como la Hebrea, Caldea, Siriaca, &c. (Juvenel de Carlancas trat. De Bellas Letras tom. I.) no ſe logró el perfeƐto regiſtro de ſu fuerza, viveza, y energía, haſta que el eſtudio de los hombres en diſtintos tiempos, y diferentes lugares, hizo brillar la hermoſura de ſu dialeƐto y proſodia, eſtrechándolas al méthodo y preceptos.
De no menos cultura, Excmo. Señor, ſe halla que fueron capaces los más de los Idiomas regionales de eſte nueſtro continente. Viſto es que la lengua Quitlateca, o la Mexicana barbarizada, ſe permitió al trato y manejo del Arte, cuya harmonía fue trabajada por el Dr. Eſpinoſa (Dr. Moreno, vida del Iimò. Sr. Quiroga); la Pirinda, o Matlatzinga, por el V.P. Baſalenque en el ſiglo paſſado; la taraſca, por el P. VeraCruz. Pues pregunto: si todas éſtas, la Othomí, ¿por qué no? (Br. D. Carlos Ruiz, “Parecer”, en Neve y Molina 1767).

La metáfora y el paralelismo son recursos que se aprovechan en la “censura” de Juan de Almeyda para el Arte de Flores (1753), en el cual el censor desarrolla un rico juego retórico a partir del apellido del autor. Declara que, cuando se enfrentó al libro,

entendí encontrarme con las eſpinas de la dureza, con las eſpinas de la aſperidad, con las eſpinas de ſu intrincada pronunciación, con las eſpinas de ſu caſi imperceptible ſonido, que tanto hiere y deſtempla al órgano de la auditiva, y finalmente con eſpinas, y ſólo eſpinas ſuſſocantes; pero proſiguiendo cargado de aculeos llegué a la cláuſula donde dice: Compueſto por el P. Ex LeƐtor de Phyloſophía, Predicador y Cura DoƐtrinero de Santa María de Jeſús, Fr. Ildephonſo Joſeph Flores: deſcubrí flores, y lo que avía imaginado tierra eſtéril, que ſólo podía producir eſpinas, juſgué ya que avía de ſer delicioſo huerto, deleytable paraýſo y ameníſſimo Jardín de bellíſſimas flores, q matizando la variedad de las reglas con la artificioſa harmonía de una florida elocuencia embeleſaría los ojos y ſuaviſaría los oýdos.

A continuación, explica el método de revisión del libro y valora las lenguas descritas, siempre en referencia al apellido “Flores”. Esta dimensión poética da cuenta de un proceso por el cual las anotaciones comienzan a prestar cada vez más atención a lo formal (Bègue 2009, p. 94). Aunque De los Reyes (2000, pp. 355-358) sitúa el máximo esplendor de estos textos en el siglo XVII, en las obras americanas esta actitud parece extenderse hasta el XVIII.

Licencias y autorizaciones. Como hemos visto, estos textos eran obligatorios para garantizar la impresión de las obras a partir de la Pragmática de 1558 (Bègue 2009, p. 94). Se encuentran en la mayoría de las artes americanas, aunque varían a lo largo de la Colonia (Yáñez y Covarrubias 2016). A juicio de Molina Landeros (2016, p. 135), son una muestra de los procedimientos coloniales de “exclusión externos al discurso que valuaban el material propuesto a ser publicado”. Debemos puntualizar que éstos no eran exclusivos de los territorios anexados, sino que obedecen a una política de control que se aplica a los libros impresos como consecuencia de su valor como transmisores de las ideas. En ese sentido, en América se dio continuidad a la legislación europea (cf. supra el caso de Pablos).

La licencia, entendida como la “Declaración expresa, puesta al frente de un libro, de que se publica con permiso de la autoridad civil o eclesiástica” (Martínez de Sousa 1989 p. 476), provenía del mundo eclesiástico o civil. Por ejemplo, en el Arte de Torres (1619) aparece una primera licencia firmada por Diego Álvarez de Paz, Provincial jesuita en Perú, por comisión del P. Mucio Vitelesqui (Prepósito General), mientras que la segunda está firmada por el Príncipe de Esquilache, virrey de Perú, representante del poder político.

La estructura de las licencias es la siguiente: datos del firmante, antecedentes y razones que derivan en la conclusión (dar la licencia). Además, se hallan datos como fecha y lugar, y es frecuente encontrar fórmulas del tipo “En testimonio de lo qual di ésta firmada de mi nombre y sellada con el sello de mi officio. En Lima, a 30 de Agosto de 1606. Esteuan Páez” (“Licencia del Padre Provincial”, en Valdivia 1606). Con esto se recurre a la tradición discursiva notarial para que los tratados sean productos acordes con la legalidad del libro impreso y así puedan circular.

Como hemos mencionado, los pareceres y las licencias se relacionan porque la opinión que contienen los primeros es requerida para autorizar o no la impresión. La marca discursiva de este proceso habitualmente se manifiesta en las licencias, en las cuales se remite a los pareceres como respaldo, dando cohesión al volumen. Así, en el Arte de Aldama y Guevara (1754) hay dos pareceres, uno de Joseph Buenaventura de Estrada y Montero y otro de Juan Francisco de Torres Cano. Posteriormente, encontramos dos licencias, una de ellas firmada por Juan Francisco de Güemes y Horcasitas, Superior de Gobierno, que se basa en el parecer de Buenaventura para su autorización; la segunda es una licencia del Ordinario, Francisco Javier Gómez de Cervantes, que se apoya en el juicio de Torres Cano.

Hay una extensa casuística sobre las licencias. Algunas, aunque textos independientes, son bastante escuetas, como en el Arte de Aldama y Guevara (1754) , en que cada una ocupa un tercio de página tras el parecer de Torres Cano (Imagen 1).


[Figure ID: f1] Imagen 1.

Licencias en Arte de Aldama y Guevara (1754).


Otras licencias, en cambio, son más extensas: ocupan más de un folio y el firmante se explaya sobre la obra y las razones para autorizarla, práctica común en los textos cuyo responsable es un hombre de iglesia. Tal situación ocurre, por ejemplo, en la licencia (sin título) de fr. Bartolomé de Ledesma para el Arte de Molina (1571), en la que prima una narración de la historia del libro y el firmante, Diego Maldonado, da fe de la licencia, con lo cual el texto participa de la tradición notarial:

En la Ciudad de México de la Nueva Eſpaña, diez y ſiete días del mes d Junio de Mill y quiniētos y ſetenta y vno años, el muy Reuerendo Padre fray Alonſo de Molina, de la orden de ſeñor ſant Franciſco, pareſció preſente ante el muy magnífico y muy Rreue. ſeñor maeſtro fray Bartholomé de Ledeſma, Adminiſtrador en lo eſpiritual y temporal en la dicha ciudad y ſu Arçobiſpado por el Reuerendíſſimo dél. Y en preſencia de mí, Diego Maldonado, ſecretario de cámara, y del audiencia del dicho arçobiſpado, y pidió licencia para poder ymprimir vn arte que auía hecho y compueſto en las lenguas Mexicana y Eſpañola, atento a que es neceſſario, útil y muy prouechoso para los miniſtros del ſancto Euangelio y aprouechamiento d los naturales en las coſas de nueſtra ſancta Fe chatólica; y auiéndolo ſu merced viſto, dixo que cometía, y cometió el examen del dicho arte a los muy Reuerendos padres fray Domingo de la Anunciación, Prior de ſeñor ſancto Domingo deſta ciudad, y a fray Juan Focher de la dicha ordē de ſeñor ſant Frāciſco, para que, auiéndolo entrambos viſto y aprouado por bueno y conuiniente para el efecto que de ſuſo ſerrefiere, lo pueda ymprimir e ymprima qualquiera de los impreſſores deſta ciudad ſin incurrir por ello en pena algūa, que para ello precediendo la dicha aprouación les daua; y dio comiſſiō, poder y facultad en forma, y firmolo, va entre reglones dixo.
El maestro fray Bartholomé de Ledesma.
Antemí.
Diego Maldonado, secretario.

Además de la licencia de la Iglesia y de gobierno, hay un tercer tipo, cuyo responsable es un jerarca de la orden del autor. Particularmente, en la Compañía de Jesús existía un riguroso sistema de control interno que se manifiesta en los paratextos: Esteban Páez, Provincial en Perú, autoriza a los jesuitas Valdivia (1606), González Holguín (1607) y Torres (1619); el Tesoro de Ruiz de Montoya (1639) contiene una aprobación de Diego Boroa, Provincial en Paraguay, y el Arte de Bertonio (1603) incluye la autorización de Claudio Aquaviva, Prepósito General.

La vigilancia al interior de las órdenes se evidencia también en la “Patente de N. M. R. P. Provincial”, firmado por fr. Pedro de Eguren, para el Arte de Vetancurt (1673):

por las preſentes, concedemos a V.R. nueſtra bendición, y licencia, para que obtenida primero la del Excellentíſsimo Señor Márquez de Manzera, Virrey deſta Nueva-Eſpaña, y la del Illuſtríſſimo y Reverendíſsimo Señor Arçobiſpo de México, pueda imprimir e imprima dicho Arte, ſegún y como U.R. lo tiene diſpueſto y trabaxado.

En este fragmento, tanto el discurso expositivo sobre los antecedentes como la conclusión anuncian la autorización de la orden para imprimir, previa licencia del Virrey y del Arzobispo de México. El texto también da cuenta de los cuidados que tenían las órdenes en relación con la institucionalidad política y eclesial y de los límites de su independencia.

Tasas y Privilegios. En el mundo de la imprenta, además de los factores ideológicos, influyen también los económicos. Por este motivo, se otorgaban los “privilegios” con los cuales se preservan los derechos comerciales de autores e impresores (De los Reyes 2000, pp. 23-27), de ahí la necesidad de que las autoridades establecieran el precio de la obra a través de la tasa: “Está Taſſado eſte libro por los ſeñores del Real Conſejo a cinco marauedís cada pliego, el qual tiene, con principios, ciento y dos pliegos y medio” (“Summa de la Tassa”, en Ruiz de Montoya 1639).

Es usual que el límite del privilegio como tipo textual no sea claro y que se notifique en la licencia, como en: “Svmma del privilegio. La Mageſtad del Rey nueſtro Señor da licencia, cō Priuilegio, al Maeſtro fray Domingo de SanƐto Thomás...” (en Santo Tomás 1560). En general, esta clase de privilegio da exclusividad sobre la impresión: “Tiene el Padre Luys de Valdiuia priuilegio de ſu Mageſtad para q̄ otro ninguno, ſino él, o quien ſu poder ouiere, pueda imprimir eſte Arte, Catheciſmo, Bocabulario y Confeſſionario de la lengua de Chile” (Valdivia 1606).

Además del autor, también se puede beneficiar una provincia (Flores 1753) o un impresor (Pedro Ocharte, en Molina 1571). El privilegio contiene las condiciones de duración y territorio en que tiene validez, así como las penas de la contraversión:

por la preſente doy licēcia y facultad a la dicha Prouincia de Sā Antonino del nueuo Reyno de Granada de la dicha Orden de Santo Domingo, para que, por tiempo de diez años primeros, ſiguientes que correrán, y ſe cuenten deſde el día de la fecha deſta mi cédula en adelante, pueda la perſona que ſu poder huuiere imprimir el dicho Arte... y venderlo en las dichas mis Indias, Iſlas y tierra firme del mar Océano; y proíbo y defiendo que durante el dicho tiempo ninguna otra perſona de qualquier eſtado y condición que ſea, Ecleſiáſtica ni ſeglar, ſea oſada a imprimir ni hazer imprimir el dicho libro, ni lo tēner en las Indias, ſino fuere él y que tuuiere poder de la dicha Prouincia, ſo pena que qualquier otra perſona, o perſonas, que contrauiniere a ello, podrá por el miſmo caſo, y hecha la impreſión que hiziere y los moldes y aparejos con que lo hiziere demás dello, incurra en pena de cinquenta mil marauedís por cada vez que lo hizieren, aplicados la mitad a mi Cámara y Fiſco y la otra mitad a la dicha Prouincia (El Rey, “Privilegio”, en Lugo 1619).

Estas advertencias también pretendían frenar el poder y la iniciativa de los comerciantes, normalizando su libertad de acción. Así, el control es económico e ideológico, y estos ámbitos no resisten lecturas aisladas en el mundo colonial americano.

Paratextos de tradición escritural

Las obras metalingüísticas que se imprimían en España a fines del XV e inicios del XVI ofrecen paratextos, como las Introductiones Latinae (1481) y la Gramática de la lengua castellana (1492) de Antonio de Nebrija, que presentan dedicatorias. En el Diálogo de la lengua (1535) de Juan de Valdés aparecen un “preámbulo” y un epílogo que no están numerados, como el resto de los capítulos, lo que marca su calidad de textos periféricos (Yáñez y Covarrubias 2016).

Estos paratextos manifiestan la posición de los autores ante la obra y ante su entorno (ideológico, histórico, institucional). Su presencia no es obligada y obedece a la tradición escritural impresa. Según el criterio de Genette, son autoriales. Hemos detectado clases de paratextos de la tradición escritural, según éstos se dirijan a los aprendices de lengua (prólogos, proemios) o a terceros (dedicatorias). Del mismo modo, hallamos textos poéticos (poesía).

Dedicatorias. Con la dedicatoria, el autor homenajea a una persona; su límite, en cuanto clase textual, no siempre está establecido, como ocurre en la Grammatica de Santo Tomás (1560), en la que hallamos un “Prólogo a la S. M. del rey nuestro Señor Dō Philippe (ſegūdo deſte nombre), en el qual el Maeſtro Fray Domingo de S. Thomas, de la orden de S. Domingo, Le dirige y offreſce la Grammática, o Arte, que ha compueſto de la lengua general de los Indios del Perú”, el cual presenta la obra, junto con elementos del encomio.

La mayoría de los tratados misioneros lleva dedicatoria, ejercicio motivado por la tradición de los impresos y por el contexto. Su formulación suele ser extensa y bastante compleja. Según Sabia (2005-06), esta característica la convierte en una clase textual ideal para estudiar las condiciones de producción de la obra (situación histórica y relación con corrientes de pensamiento).

La lógica de la dedicatoria es conocida por los misioneros y podemos hablar de una auténtica tradición al respecto. Así lo reconoce Vetancurt (1673):

Tres motivos ſuelen tener los que ſacando a luz alguna obra le illuſtran con el nombre de vna perſona grande a quien la dedican: reconocer obligaciones, dar a la obra ProteƐtor y ſolicitar con eſte agazajo algún nuevo beneficio.

Estos escritos están dirigidos a diversas “entidades”: personas, figuras del imaginario católico, incluso, una provincia eclesiástica, como en “Dedicatoria a la Observante y Seráphica Provincia del Dulcíſſimo Nombre de Jesús de Guatemala” (Flores 1753). Este paratexto se explica como un modo de acceder a todos los misioneros implicados en la conversión de los naturales, que son los potenciales lectores de la obra.

Cuando la dedicatoria se dirige a personas concretas, suelen ser autoridades civiles y eclesiásticas, cuyas virtudes se ponderan, dejando claro que se persigue un beneficio para la obra y, por medio de ella, para los indígenas. Lugo (1619) expone tres motivos para dedicar su trabajo a Juan de Borja, consejero real; el último de ellos es el que manifiesta la lógica del encomio, al exponer la superioridad del dedicatario en contraste con la humildad del autor y la obra (cf. M.Güell 2009):

V.S. como perſona tan Chriſtiana, y que tan de próximo con los propios ojos experimēta eſta neceſsidad, no dexará de dar todo el fauor y apoyo que la obra pide, cuya pequeñez quedará aſazmente luzida y engrandecida con el autoridad de V.S. y recibirá la calidad que le falta, quedando mi buena intención y propóſitos, logrados. Que ſiendo V.S. ſu Patrono (como lo es) de los q̄ han de recebir eſte tan gran biē en ſus almas, y también de la Religión Dominicana, como muy bien ſe experimenta cada día: hallará en qualquiera parte deſte Reyno, y aun en los de Eſpaña, a donde pretendo y procuraré (con el fauor de Dios) ſe imprima, buena acogida (aūque ſea deſigual a lo que ſu autor merece).

Ahora bien, es necesario que las dedicatorias sean leídas en el marco contextual del cual surgen, pues tras ellas opera la red de las relaciones coloniales. Aquella de Valdivia (1606) a Alonso García Ramón, Gobernador de Chile, es un ejemplo de lo anterior:

En el tiempo q anduue con V.S. el año paſſado, y parte de éſte, ſiruiēdole en eſſe Reyno y ayudando a los ſoldados e Indios naturales en los miniſterios eſpirituales, algunos ratos que me ſobrauan ocupé en hazer vn Arte o gramática y vn Bocabulario y vn Confeſionario en la lengua dellos, por dōde pudieſſen los miniſtros del Euangelio aprenderla: conſiderando que ya que de preſente por la guerra en q andan no les podía yo ayudar en lo principal de ſus almas que deſſeaua, a lo menos en lo por venir con la eſperança que de valor de V.S. tengo, mediante la Diuina gracia, que los ha de pacificar, pudieſſe eſte mi peqño trabajo ſer para el dicho fin prouechoſo a otros miniſtros del Euangelio de mayor caudal que el mío... Y aunque por ſer la obra tā pequeña dudaua al principio ſi ſería digna de ofrecerla a V.S., me atreuí a dedicárſela, aſſí por conocer quán proprio le es a V.S. leuantar y dar fauor a lo humilde y pequeño, como porque aunque lo material deſta obra lo ſea, el fin es muy alto y grande, y muy proprio para la grādeza de ánimo de V.S. el fauorecer obras ordenadas al bien común eſipiritual de los Indios de eſſe reyno, del qual por ſus muchos méritos tiene V.S. el cargo y gouierno. Y la principal razō es porque lo era muy grāde deuda propria ofrecer yo a V.S. mis primicias, q ſon fruto de trabajo de doze años q gaſté en eſte Reyno, donde recebí ſiēpre de V.S. mucha merced, la qual pague a Nueſtro Señor, aumētando en V.S. ſu gracia y dándole deſpués la vida eterna.

Si bien el autor expone como motivos para la dedicatoria el favorecimiento de la obra y el agradecimiento por los apoyos concedidos, se trata de una estrategia política para establecer vínculos con una autoridad con la cual no logró acordar los métodos de conquista. El misionero necesitaba generar lazos para que García accediera a sus pretensiones: buscar la “conquista espiritual” mapuche. De este modo, la finalidad es persuasiva: mover al dedicatario a una posición favorable.

Los seres del imaginario católico también aparecen en los textos, especialmente santos, como san Antonio de Padua (Vetancurt 1673) y san José (Neve y Molina 1767). A diferencia de las dedicatorias a personas, en este caso el agradecimiento y la petición obedecen al convencimiento del autor. Desde el punto de vista discursivo, dedicar la obra a un santo es muy efectivo, pues para el autor y el lector (religioso) hay una alta valía del dedicatario. Así, aunque el alocutor (a quien se dirige el enunciado, Ducrot 1984) es un tercero, la dedicatoria igualmente condiciona la interpretación, ya que “establece una relación directa entre, por una parte, el destinatario de la dedicatoria y/o su obra y, por otra parte, el contenido de la obra que el lector está invitado a interpretar teniendo en cuenta esta relación” (Sabia 2005-06).

Prólogos y proemios. Son escritos del autor dirigidos a los misioneros, es decir, a los interesados en el aprendizaje de la lengua en cuestión. Suelen tratar asuntos lingüísticos7, de modo que cumplen a cabalidad con el sentido de “límite” o “frontera” que se ha otorgado a los paratextos, pues son una puerta de entrada a los asuntos que se abordarán en el tratado metalingüístico. Este sentido queda claro en la obra de Flores (1753), en la cual hay, además del “Prólogo”, un “Capítulo Proemial”, no numerado, en que se tratan asuntos relacionados con las “letras caraƐterísticas de este Ydioma y su buena pronunciación”. El capítulo siguiente, “Del Nombre”, está numerado con “II”, de modo que se ha percibido el carácter liminal del texto, que funciona como proemio y primer capítulo.

Estos paratextos suelen dar una idea general de la lengua, por ejemplo, en referencia a los niveles fónico (Molina 1571 y Valdivia 1606) y gramatical (Valdivia 1606). Asimismo, asumen asuntos relacionados con la variación, sea ésta dialectal (Bertonio 1603), diacrónica (Neve y Molina 1767 y Santo Tomás 1560) o diafásica (Molina 1571). Además, encontramos aspectos relacionados con la didáctica de la enseñanza-aprendizaje de la lengua. Estas anotaciones se incorporan por el carácter “introductorio” de los prólogos, que presentan la obra al aprendiz. En dicha línea, destaca la exposición del orden interno del volumen, como Molina, que estructura su Arte (1571) según criterios didácticos -de lo más simple a lo más complejo-, considerando otras lenguas (latín y español):

Diuiſión del libro. Eſte arte de la lengua mexicana ſe diuidirá en dos partes. En la primera ſe tratará copioſa y claramente de todas las ocho partes dela oración que eſta lengua tiene, conforme a la lengua latina y caſtellana. Y en la ſegūda parte ſe tratarán y declararán algunas coſas dificultoſas y delicadas d la miſma lengua. Demanera que ſiguiendo al philóſopho, primo Phiſi, procedamos en eſte arte d las coſas más fáciles y claras de entender, a las más dificultoſas y eſcuras (“Prólogo”, en Molina 1571).

También se refiere el asunto de la extensión de la obra, el cual parece haber preocupado bastante a los misioneros:

Para mayor claridad de lo contenido en eſte Arte, me pareció bien dividirlo, ſegún las partes de la Oración, en varios Capítulos, y éſtos, por cōtener diverſidad en las partes que les correſponden, dividirlos en diverſos Parágraphos, con alguna profución, para dar perfeƐta noticia del Ydioma, ſin incurrir en aquella nota de obſcuridad que le parecía al Poeta por la brevedad de ſu Poema: 8. Dum brevis eſſe laboro, obſcurus fio. No perjudicando con eſta mediocre amplitud la ſeleridad de los LeƐtores, pues omittiēdo la inútil paja que offreſce lo material del Ydioma, ſólo multiplicaré el grano, para coger los deſſeados frutos de la cabal comprehención de eſta lengua (“Prólogo”, en Flores 1753).

Se hace referencia a los estudios de tradición gramatical, de la lengua en cuestión, incluso aquellos insatisfactorios:

No puedo menos que lamentar el total deſcuido que en eſte aſſumpto ha havido en eſte Reyno y la fatal deſgracia de eſte Idioma, pues haviendo florecido tantos y tan grandes Sujetos inſtruidos perfeƐtamente en él, que pudieran haver dexado algún méthodo por dónde regirſe, aſſí para aprehenderlo como para enſeñarlo, no lo han hecho, calificando a eſte Idioma por más bárbaro que todos los demás de eſte Emisferio y dexado à ſus alumnos tan errantes como ciegos ſin guía (“Prólogo”, en Neve y Molina 1767).

Otra posibilidad es que el tratado se inserte en la tradición gramatical como un primer recurso para el aprendizaje del idioma:

Confieſſo que aurá muchas faltas en eſta Arte por profeſſar breuedad, como quien ſaue quánto anima éſta a los que de nuevo ſe ponen a aprender vna lengua, pero las reglas generales, ſufficientes para la congruydad del hablar, entiendo eſtán aquí; y ſobre eſte fundamento podrán deſpués otros ſacar a luz la propiedad y fraſes della y emēdar las faltas que en este Arte ſe hallaren. Mi deſſeo es que aya algún principio impreſſo, por donde los que deſſeoſos de la honra de nuestro ſeñor, y Zelo dela conuerſión destos Indios de Chile, quieren aprender ſu lengua, puedan alcançar ſu fin (“Al lector”, en Valdivia 1606).

Con posiciones como las anteriores, los autores dan cuenta de su voluntad por ser parte de la tradición en que inscriben sus obras. Por tanto, sus trabajos se vinculan a un modelo institucional que promovía esta clase de creaciones al interior de la Iglesia, dando a conocer, por ejemplo, los tratados y facilitando la enseñanza de la lengua indígena.

Los misioneros accedían al conocimiento lingüístico indígena mediante una serie de recursos metodológicos basada en la recopilación y la oralidad, como queda claro en el relato de González Holguín (1607): “Auiendo, pues, yo juntado con alguna curioſidad por más de veynte y cinco años todas las coſas curioſas ſubſtanciales y elegantes que he hallado en eſta Lengua, viéndolas primero pueſtas todas en vſo, y repreguntando de nueuo a muchos Indios grandes lenguas, y enterado en la prática y vſo de todo”.

Para incentivar la lectura de sus obras y el aprendizaje de un idioma, los autores exponen los motivos que los han llevado a elaborar un tratado. Estas razones pueden ser la obligación que impone un cargo (Neve y Molina 1767) o el mandato de un superior (Vetancurt 1673). El incentivo religioso es el que mejor funciona persuasivamente, puesto que el trabajo se ofrece como un servicio a Dios, con lo cual se establece la soteriología como finalidad, como en el fragmento de Lugo (1619):

El intento y pretenſión más principal que me ha mouido (prudente y auiſado Letor) para ſacar a luz aqueſta obra, no a ſido engrandezer o perpetuar la fama, ni menos eſperar loa de mis trabajos y vigilias o algún premio temporal por ellas, ſino ſólo ſiruiendo a Dios nueſtro Señor, parecerme ſer (como lo es) el medio potíſſimo para la Predicación del Santo Euangelio en la lēgua de los naturales, cuya neceſidad tanto deue apretar las conciencias de los Curas y aun de los Prelados que, no ſabiéndola, los ſuſtentan con tanto rieſgo de ſus almas y de las de ſus feligreſes.

La obra también puede presentarse como un servicio a la Corona, como queda de manifiesto en el siguiente fragmento, extraído de Bertonio (1603). Una razón de esta naturaleza, junto con otras de carácter religioso, enmarca las artes en un plan mayor de evangelización y, a la vez, en el proceso colonizador:

De más deſto era mucha razón enſeñar principalmente la lengua de aquellos Indios que eſtán encorporados en la corona real de la Mageſtad del rey D. Felipe N. Señor, Como eſtos Lupacas de la Prouincia de chucuyto lo eſtán, para que los ſacerdotes, que en la dicha prouincia reſiden, ayudados con eſta arte puedan con mucha perfeƐtión aprender la lengua deſtos naturales, y con eſto deſcarguen la conſciencia de ſu Mageſtad, el qual deſſea muy mucho que ſus Indios ſean enſeñados muy bien en toda doƐtrina cathólica y Chriſtiana y ſean pueſtos cada día en mayor policía humana.

La razón para publicar de Vetancurt (1673) alcanza un fin superior, ya que considera las obras como una necesidad ante la situación de los indígenas. De esa forma se sitúa a sí mismo y al resto de los religiosos (y a los españoles), como miembros de un grupo privilegiado, lo cual obliga al aprendizaje de las lenguas y a la tarea misional:

Avnque pudiera ſer eſcuſa el aver muchos libros deſta materia, eſcritos para que no ſalieſſe a luz aqueſte, a todas es ſuperior el mandato del Superior, a quien ſe debe obedecer atropellādo dificultades y temores. Otros avrá mejores; pero en coſa de tanta importancia como la adminiſtración a los Naturales, que por ſu naturaleza ſon más incapaces que los Eſpañoles, importa qˉ aya libros en que eſcoger (“Al lector”, en Vetancurt 1673).


[Figure ID: f2] Imagen 2.

“Soneto acróstico semi-paranomástico”, en Neve y Molina (Reglas, 1767).


Para estimular a los aprendices se elogia la lengua, ya sea en comparación con idiomas europeos conocidos por los misioneros, como el latín o el español (González Holguín 1607), o con alguna lengua indígena de prestigio, como el náhuatl en Nueva España (Neve y Molina 1767). Por último, con fines didácticos, se mencionan las dificultades del idioma, las cuales suelen ubicarse en el nivel fónico. Este problema, potencial, será rápidamente resuelto con el estudio y con el uso:

toda la difficultad de eſta lengua no conſiſte en más que en ſauer pronunciar una vocal imperfeƐta y una conſonante que frequentan mucho eſtos Indios, a las quales en breves días ſe haze el oýdo y ſe aprenden, y con ſolas las reglas que se ponen en el capítulo primero desta Arte, donde ſe trata dela prounciación y ortographía, ſe acertarán a pronunciar aun ſin auerlas oýdo. Otras tres conſonantes, que éſtos pronuncian algo diferentemente que noſotros, ſon muy fáciles, como ſe verá (“Al lector”, en Valdivia 1606).

Poesía. Por tradición y por motivos estéticos se insertan textos de intención poética. Pueden ser escritos por terceras personas, como en el caso de las dos décimas y el soneto acróstico semiparanomástico en Neve y Molina. Las primeras son, respectivamente, de un amigo y de un alumno del autor, mientras que del segundo se responsabiliza un “aficionado al autor”, que destaca sus cualidades y da los parabienes a la obra. Lo reproducimos, por su curiosidad, en la página 430.

En la obra de Lugo (1619) aparecen sonetos en español y lengua chibcha en superestructura dialógica que, suponemos, son autoría del mismo Lugo. En tanto, Santo Tomás (1560) incluye una elegía en latín, que creemos de su autoría, en la cual se refiere a la lengua quechua.

Los paratextos del corpus

Debido a que nos interesa delimitar la función de los paratextos en las artes y gramáticas de América, nos gustaría ofrecer una visión panorámica de aquellos componentes que hallamos en el corpus, con el fin de explorar posibilidades analíticas contrastivas dependiendo del origen y de la temporalidad de los liminares. Por ello, en la Tabla 1 presentamos una clasificación de las obras descritas en el desarrollo de este trabajo8:

Tabla 1.

Clasificación de los paratextos en las artes y gramáticas americanas


Paratextos legales Paratextos de la tradición escitural Erratas
Pareceres y aprobaciones Licencias y autorizaciones Tasas y privilegios Otros Dedicatorias Prólogos y proemios Poesía
VIRREINATO DE NUEVA ESPAÑA
Arte, Molina, 1571 X X X X X9 X10
Arte, Vetancurt, 1673 XXX XX X X
Arte, Flores, 1753 XXX XXX X XX11 X12 X
Arte, Aldama y Guevara, 1754 XXX X X
Reglas, Neve y Molina, 1767 XX XX X X XXX
VIRREINATO DE PERÚ
Gramática, Santo Tomás, 1560 X X13 X14 X X
Arte, Bertonio, 1603 X X X XX15
Arte, Valdivia, 1606 XX X X X X
Arte, Torres, 1619 X16 X17 X X
Gramática, Lugo, 1619 XXX X X X18 X19 X X X X
Gramática, González Holguín, 1607 XX X X20 X X
Tesoro, Ruiz de Montoya, 1639 XXX X XX X X X21

Según los datos, entre los virreinatos de Nueva España y Perú no se aprecian diferencias significativas respecto del empleo de diversas clases de paratextos. Este hecho puede deberse a que, aunque existieron directrices particulares en relación con la impresión (cf. supra) la legislación sobre el libro (elaboración, edición, impresión y circulación) fue general para todo el continente y se aplicó de manera sistemática.

Encontramos, al respecto, dos excepciones. Primera: la Gramática sobre el quechua de Domingo de Santo Tomás no presenta pareceres o aprobaciones, lo cual se explica porque es un texto que se imprimió en Valladolid, España, cuando aún no llegaban las prensas a Lima, de modo que no había ningún aparato legal que pudiera regularlo en su particularidad; por tanto, se rige únicamente por las disposiciones de la Península. Al tratarse también de una obra temprana (1560), la Pragmática de 1558 (según la cual las aprobaciones y autorizaciones debían incorporarse al impreso) recién comenzaba a implementarse, así que no alcanza a condicionar la obra. Segunda: por su fecha y lugar de impresión, el Arte de Torres (Lima, 1619) debería llevar pareceres o aprobaciones, pero en el volumen ha bastado con mencionar el trámite en las respectivas licencias; ésta es una decisión editorial curiosa, pues se produce cuando el aparato legislativo sobre el libro ya estaba implementado. Pese a este caso, podemos asegurar que, tras la Pragmática, en la época colonial los paratextos legales parecen asentarse en su funcionalidad y empleo, por lo que aparecen con frecuencia y sistematicidad en los volúmenes impresos.

Tampoco apreciamos diferencias significativas entre las órdenes religiosas, salvo el interés de los Padres Provinciales jesuitas de Perú en participar del proceso de censura de las artes y gramáticas (cf. supra “Licencias y autorizaciones”). Debido a que la Compañía implementó una estrategia en el Cono Sur para la evangelización en lenguas indígenas, estos impresos fueron fundamentales en su quehacer. Si a ello sumamos la importancia de la jerarquía dentro de la orden, se explican las huellas textuales que hemos encontrado en los tratados. Ahora bien, el control de la Iglesia, en cuanto institución, se deja sentir en las obras misioneras, lo que nos lleva a plantear que la producción de la lingüística misionera se trató de una actividad altamente vigilada por dicho organismo. Este sistema de control, avalado también por la legislación civil y por sus respectivas autoridades, queda de manifiesto en el amplio aparato paratextual de los impresos.

Del mismo modo, en ambos virreinatos apreciamos una recepción similar de la tradición paratextual de las gramáticas europeas y, más en general, de los textos impresos, pues las obras misioneras presentan los mismos liminares de la tradición escritural, particularmente prólogos, proemios y dedicatorias. Los textos poéticos, en tanto, son escasos a lo largo del continente y parecen obedecer más bien al deseo de determinados autores por dar a sus obras una dimensión estética. Este hecho también indica que es posible hablar de una tradición paratextual en América que, más allá de la casuística, sigue el patrón sobre la impresión.

Hacia un balance

Pese a la relevancia del componente paratextual en las obras misioneras, este tema no ha sido estudiado de manera sistemática, sino recientemente, en trabajos dedicados a los impresos del área novohispana22. En otras disciplinas ha surgido también un interés por estos elementos, como se advierte en el libro editado por Arredondo, Civil y Moner (2009), que se ocupa de los paratextos en la literatura española (siglos XV-XVIII).

Las posibilidades de estudio de los paratextos son tantas como los contenidos y recursos que ofrecen. Exigen, por lo tanto, múltiples miradas, que sistematizamos como sigue:

Desde la historia. Los paratextos son fuente de estudios históricos debido a que aportan datos para entender el contexto, como las redes de poder, las relaciones políticas y eclesiales y los vínculos entre el mundo civil y el de la Iglesia. En ese sentido, creemos que metodológicamente se debe establecer una diferencia con el trabajo de otras disciplinas, relacionadas con la literatura, la lingüística y la filología, que podrán abordar los escritos como objeto de sus respectivas investigaciones (cf. Cancino Cabello 2011).

Desde de la bibliografía. Los paratextos contienen información sobre las decisiones editoriales que llevaron el manuscrito a los moldes de letras y del proceso mismo de impresión23. Así, dan cuenta de la historia del objeto material y de su composición, al considerar aspectos como el método de recolección de los datos, si el texto es producto de la orden de un superior, las opiniones sobre trabajos anteriores, entre otros. Los liminares también nos ayudan a entender el libro como un objeto condicionado por patrones legislativos que se ocupaban de asuntos morales, éticos, religiosos y económicos.

La idea del libro cual objeto patrimonial se ve reforzada desde una perspectiva como la que proponemos, puesto que, por una parte, se afirma la individualidad de cada obra y, por otra, se asume su valor según su representación de una época, de unas costumbres y de una forma de controlar y de ejercer el poder sobre la difusión del pensamiento (censura).

Desde la filología. Los paratextos contribuyen a la explicación de las vinculaciones internas de un tratado complejo e híbrido que, pese a su diversidad, alcanza unidad, en parte, por estos componentes. Por ello, su estudio se nos presenta como fundamental para la comprensión global de las obras de la lingüística misionera. Al mismo tiempo, los liminares explican el contexto, ya que abarcan los diversos factores que influyen en el libro, ya se trate de situaciones históricas particulares o de la posición ideológica desde la cual se escriben los tratados. De ese modo, nos permiten acercarnos a lo que Auroux (2006) llama el “horizonte de retrospección”.

Desde la literatura. Debido a su importancia, los paratextos alcanzaron niveles de alto cuidado estético. Estos factores se relacionan con los movimientos culturales que predominan en determinados periodos (De los Reyes 2000, p. 24). Lo anterior puede apreciarse con claridad en los escritos de carácter estético-literario, en ciertos tipos textuales (sonetos, elegías, etc.) que se presentan en los liminares y que son, por sí mismos, textos de carácter literario. Incluso, los textos no literarios también son ricos en recursos retóricos y se los puede estudiar, por ejemplo, a partir de las metáforas y de las comparaciones que emplean.

Desde la lingüística. La coexitencia de distintas tradiciones del discurso enriquece estos escritos, ya provengan éstas, por ejemplo, del mundo religioso, de la tradición gramatical o de patrones jurídicos y notariales; igualmente valiosa es la coexistencia de diversos tipos textuales.

Los paratextos también ofrecen datos de la estructura de las lenguas indígenas (gramática, fonética), así como información de asuntos dialectales, diacrónicos y diafásicos. Todo ello es valioso para el estudio de la descripción de estos idiomas o bien para la investigación del cambio lingüístico y de la historia del contacto en América. En consecuencia, los liminares complementan la información de los tratados metalingüísticos, por lo cual sus aspectos metadiscursivos y metalingüísticos son de interés como fuente de datos para la lingüística histórica.

Ahora bien, aunque son textos que “enmarcan” obras sobre lenguas indígenas, dan información de la jerarquía del español en la época en cuanto lengua gramatical. También constituyen una fuente de estudio para la historia del español (en América). En general, el empleo de distintos idiomas en las obras muestra la convivencia de varios códigos, aunque cada uno con distintos usos, ya que durante la Colonia predominó el latín como lengua de prestigio en la Iglesia -según determinan Parodi (2010) y Helmer (2013) para Nueva España y Perú, respectivamente. Los paratextos, entonces, dan noticia de la recepción de idiomas no americanos en el mundo colonial.

Desde la historiografía lingüística > lingüística misionera. La importancia de los paratextos para la historiografía lingüística deriva de un hecho obvio: son escritos que complementan obras que versan sobre idiomas. Por tanto, dan cuenta de aspectos disciplinarios, de métodos e ideas sobre esas lenguas (Esparza López 2015). Asimismo, nos dan información de las políticas lingüísticas de que son resultado y de las acciones de planificación respectivas. En consecuencia, una mirada al paratexto enriquece también la lingüística misionera en cuanto subdisciplina de la historiografía lingüística. Por tanto, estos escritos facilitan la consolidación de una perspectiva interdisciplinaria del análisis de su objeto de estudio, así como su interpretación.

Consideraciones finales

La cultura impresa en América es resultado del proceso de colonización de diversos grupos indígenas del continente y es uno de los aspectos cuya continuidad alcanzó un importante éxito, tanto en lo comercial, como en la implementación de una herramienta de prestigio para la importación de una forma de pensamiento. El mismo camino siguieron los paratextos desde el establecimiento de la primera prensa en América, que continuó con el mecanismo regulador que había en Europa.

El control y la vigilancia que las esferas civil y eclesiástica impusieron a los impresos, dejaron en ellos similares huellas textuales a lo largo de todo el continente y, tras la implementación de la Pragmática de 1558, durante todo el proceso de colonización, traspasando las diferencias que pudieran ofrecer las diversas órdenes religiosas que actuaron en la evangelización de los indígenas. Por lo anterior, y a partir de la lectura de estos liminares en tratados lingüísticos y del conocimiento del sistema de impresión (imperativos legales, censura eclesiástica), creemos que la elaboración de obras de lingüística misionera fue un sistema avalado por la Iglesia en cuanto institución, y en cuanto institución que desarrolló su labor en conjunto con la Corona.

El paratexto no sólo se siguió en lo legal, sino también en relación con las tradiciones discursivas que en él se implementaron, provenientes de diversos mundos, como el notarial, el eclesial y el gramatical. Asimismo, se incorporaron componentes no obligatorios, como prólogos, dedicatorias e, incluso, textos en los que primaba una dimensión poética y una superestructura en verso. Esta compleja riqueza hace del paratexto una razón más para la valoración patrimonial del libro misionero.

De lo anterior deriva la necesidad de estudiar estos componentes que reclaman una mirada contextual amplia, siempre pendiente de la tradición de la cual provienen, la misma que pretenden continuar. Insistimos en esto porque la investigación de los paratextos se enfrenta a un objeto empírico que se caracteriza por la diversidad, ya sea de tipos textuales, ya sea de las tradiciones del discurso que recoge, y exige una sistematización metodológica, como la que aquí hemos presentado.

En estas investigaciones, en tanto, se ha de diferenciar entre el texto como objeto y como fuente, dependiendo de los intereses particulares de cada estudio y de cada disciplina. De igual manera, las relaciones de los paratextos con el texto central son importantes, puesto que complementan la descripción metalingüística. Es necesario, también, entender su relación con la recepción, derivada de su carácter liminal. Ahora bien, el paratexto, aunque indispensable, no es suficiente por sí mismo para las investigaciones de la lingüística misionera, sino que ha de estudiarse y entenderse según la relación que establezca con la obra a la que sirve de complemento.





Referencias
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Notas al pie:

1.

fn1Los paratextos no son característica exclusiva de las obras impresas. También están en manuscritos; por ejemplo, en títulos.


2.

fn2Sobre las ilustraciones en los impresos, cf. M. Tagle 2007, en especial pp. 152-153, 186-189. Aunque no contamos con un estudio sistemático del asunto en las obras misioneras, un comentario sobre las portadas de los vocabularios de Molina y Gilberti aparece en Martínez Baracs 1997, pp. 78-79.


3.

fn3La importancia de aspectos como el diseño editorial y la tipografía se debe a que el paratexto es propio del mundo gráfico, ya que descansa sobre la espacialidad de la escritura y la impresión (M. Alvarado 2006, p. 19). Sobre las obras lingüísticas novohispanas, cf. M. Garone Gravier 2014.


4.

fn4Como el conocimiento del público sobre la obra.


5.

fn5Escritos por un tercero, según la propuesta de Genette.


6.

fn6Mantenemos los usos gráficos del original en todo el artículo, pero modernizamos puntuación y acentuación.


7.

fn7Los contenidos lingüísticos también pueden hallarse en los paratextos de los tratados catequéticos, como en Bartholomé Roldán 1580.


8.

fn8El conjunto es representativo de las artes y gramáticas elaboradas en todo el “Nuevo Continente” a lo largo de la época colonial, cuyos autores pertenecen a diversas órdenes (incluimos el clero secular).


9.

fn9“Argumento”.


10.

fn10“División”.


11.

fn11Es el primer capítulo, pero no aparece numerado como 1; luego, el segundo se enumera como tal.


12.

fn12Nota: indica que ha usado las voces coyote y petate, provenientes del mexicano.


13.

fn13Licencia y privilegio aparecen en el mismo documento.


14.

fn14Aparece como “Prólogo”.


15.

fn15División del Arte.


16.

fn16Licencia del Padre Provincial de la Compañía de Jesús en la Provincia del Perú, Diego Álvarez de Paz. Aunque no hay textos probatorios, asegura que el Arte “ha sido visto y aprobado por personas doƐtas y graues de la dicha nuestra Compañía”.


17.

fn17Licencia del Príncipe de Esquilache, virrey de Perú. Aunque no hay documentos probatorios, se da licencia “en conformidad del parecer del Padre Iuan de Pelin”.


18.

fn18Mandato de fray Gabriel Jiménez a fray Alonso Ronquillo y fray Juan Martínez, como sabedores de lengua, para examinar la obra.


19.

fn19Documento en que fray Gabriel Jiménez declara haber revisado los exámenes y autoriza al autor a pedir el permiso de la Real Audiencia.


20.

fn20Licencia y privilegio aparecen en el mismo documento.


21.

fn21Comprobación firmada por el Prelado de Río de Janeiro.


22.

fn22Yáñez y Covarrubias 2016 y Molina Landeros 2016, en especial pp. 132-157. En tanto, los paratextos son tomados como fuente para el estudio de ideas lingüísticas, en M.A. Esparza López 2015.


23.

fn23Por ejemplo, el proceso de revisión de erratas (sobre las cuales no nos hemos detenido por motivos de espacio) es uno de los componentes, propiamente editoriales, que son ricos en casuística.


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