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María Teresa Miaja de la Peña, “Si quieres que te lo diga otra vez, ábreme tu corazón”. 1001 adivinanzas y 50 acertijos de pilón

María José Rodilla*

Nueva revista de filología hispánica, 2016


El placer de descifrar lo oculto ha estado presente en la historia de la humanidad y el juego al que nos invita Teresa Miaja en este libro es un doble placer: el de la lectura de sus adivinanzas y el de la recreación en su solución, las hayamos adivinado o no.

El reto que se impuso su autora a lo largo de varias décadas, en las que recopiló 15 mil adivinanzas, nos habla de su pasión, vocación y tesón de investigadora. Compiladas en tres diferentes etapas y seleccionadas con minuciosidad mil y una para ser leídas en otras tantas noches, si se acepta su juego, nos las entrega ahora editadas en un precioso volumen acompañado de bellas ilustraciones de Elvira Gascón, que son un verdadero placer para la vista, pero también para los otros sentidos por la musicalidad de su poesía y por el añejo sabor de su tradición.

Estos retazos de sabiduría son verdaderas metáforas en las que campea el humor, la ironía, la picardía, el ingenio y el saber ancestral, además del deleite que supone participar en un juego que, al mismo tiempo, es culto y popular, ya que, por una parte, las adivinanzas tienen una veta culta y suponen un reto para el ingenio del interlocutor, pero se transmiten a lo largo de los siglos de padres a hijos y, por tanto, pertenecen a una tradición popular. Sin embargo, no puede afirmarse categóricamente que sólo se afilien a la oralidad; podemos espigar algunos ejemplos también en la tradición culta y escrita porque son juegos de ingenio a los que no pueden sustraerse los poetas, como no pudo tampoco Cervantes evitar regodearse con los refranes en boca de Sancho.

En la novela pastoril, por ejemplo, los acertijos o adivinanzas eran recursos que se remontan a Virgilio, con los que los pastores ociaban entre sus cantos y poemas, como los que nos plantea Bernardo de Balbuena en su obra Siglo de oro en las selvas de Erífile en clave animalística para cuya respuesta se requieren conocimientos del bestiario medieval: en la égloga IV, en el debate entre los pastores Clarenio y Delicio, el primero pregunta cuál es: “el ave que en la tierra / sus escuadrones vela, y sin armarse / a la gente menuda hace guerra”, que alude a la leyenda de la guerra que las grullas mantienen con los pigmeos. Delicio, en lugar de responderle, le propone otra: “¿Dime tú qué animal suele bañarse / para limpiar las aguas de la fuente, / y deja de una virgen enlazarse?” (pp. 175-176) o las del novohispano Fernán González de Eslava, en su Ensalada de las adivinanças (ca. 1575):

-¿Qué es cosa y cosa:
Entra en el mar y no se moja?
-Esse es el sol, pienso yo.
-Es la virgen celestial,
que en el mar del mundo entró,
y la culpa no la mojó
del pecado original
(p. 253).

La propia sor Juana, en sus Enigmas ofrecidos a la casa del placer, es decir, a “la aristocracia del talento” (Alatorre dixit), a las monjas poetisas portuguesas que se entretenían con los juegos verbales que hoy nos siguen sorprendiendo gratamente: “¿Quál es la sirena atroz / que en dulces ecos velozes / muestra el seguro en sus vozes, / guarda el peligro en su voz?”. (La fama, según Zaid, quien dio esta respuesta en el Proceso a un juego público que planteara Alatorre con los Enigmas de sor Juana).

En su valioso estudio introductorio, Miaja explora las formas de la adivinanza que han convivido en México: los zazaniles, las quisicosas y las adivinanzas. Los zazaniles se relacionan con el ámbito doméstico, pero trascienden el mero divertimento para cumplir una función “de iniciación y revelación relacionada con el destino del individuo o de la comunidad” (p. 22). Si se responde acertadamente, se pertenece a la comunidad y se hace poesía de lo cercano, de su propio entorno, de ahí que, como nos ilustra Teresa Miaja, con una cita muy sugerente: “los dientes de la boca muelen pedernales; las mariposas vuelan por el valle y al papalotear son como mujeres preparando tortillas; las cebollas son piedras blancas que tienen plumas verdes; las liendres plateadas van atadas a hebras de ichtli; la olla canta cuando se cuece el maíz; y el cielo es una jícara azul sembrada de maíces tostados” (p. 23).

O este otro zazanil recogido por fray Bernardino de Sahagún: “¿Qué cosa y cosa lo que va por un valle y va dando palmadas con las manos, como la mujer que hace pan?” (la mariposa que va volando).

En las quisicosas hay una pregunta donde se presenta el reto y una parte del cuerpo central donde están los elementos orientadores o desorientadores, que la acercan al acertijo en la estructura:

Una quisicosa
con más de mil mellas,
que tienen las damas,
también las doncellas.
Si se usa, bien;
si se muerde, mal;
y esta quisicosa
a nadie hizo mal
(el dedal ).

Las adivinanzas en el ámbito mexicano también comparten con los zazaniles el hecho de mostrar aspectos de la vida cotidiana de los miembros de una comunidad; por ejemplo:

No soy rata y tengo rabo
pico sin ser alacrán
a aquellas que me prefieren
también las hago llorar.
Si tú eres buen adivino
y mexicano además
la sabrás adivinar
(el chile).

En algunas adivinanzas la clave puede estar en el propio texto, como en la siguiente: “Te la digo y no me entiendes, / te la vuelvo a repetir (la tela). A veces hay que leerlas en acróstico y aquí va un ejemplo muy querido para Miaja: “Monterrey miró nacer / Insigne libertador; / Era Servando Teresa, / religioso y campeador” (Mier).

También se trabajan en esta excelente introducción las fórmulas de reto para que se encuentre la solución, las de recompensa o castigo, las que contienen burlas y provocaciones para el adivinador.

La adivinanza es poesía, es breve, sigue un ritmo, un metro, una rima y se apoya en la metáfora, la antítesis, la paradoja, la sinonimia, la alegoría, la dilogía, pero sobre todo es verso, es musicalidad y en la música es “donde reside la esencia de la adivinanza” (p. 41). Se codea con otros géneros colindantes hasta llegar a confundirse con ellos, tales como la nana, la copla, el refrán, la bomba yucateca, la copla, el trabalenguas, las canciones de corro, el cuento folclórico, los juegos de palabras, los refranes e, incluso, los chistes. Géneros todos ellos del ámbito de la oralidad que nos hablan de la adaptabilidad y yo diría incluso de la permeabilidad, la intercambiabilidad y el contagio. Debido a su esencia poética, la adivinanza es de fácil memorización por su ritmo, por su métrica y por su gran flexibilidad; de ahí que una adivinanza con una mínima variante pueda funcionar para varias respuestas.

Miaja va desgranando todos los recursos estilísticos y retóricos que puede haber en las adivinanzas y los ilustra con certeros ejemplos: la aliteración de fonemas o de palabras, la onomatopeya, la paronomasia; también de recursos léxicos o juegos de palabras, como el calambur: “La mujer del quesero / ¿Qué será? / Y la casa del quesero / ¿qué sería?”, así como también con el retruécano, la metáfora, la metonimia, la sinécdoque, etc. Cierran el estudio las tres funciones principales de la adivinanza, que son: lúdica, dialógica, didáctica y yo añadiría otra, la función poética:

El viento modela
pájaros de espuma,
que se vuelven lluvia
cuando se despluman
(las nubes).
Niño maromero,
duende de cristal,
con manos de espuma,
con risa de sal
(el mar).
Mi niña morena
al caer la tarde
con tinta de luz
se pinta lunares
(la noche).

Por último, la clasificación que propone Miaja fue, sin duda, una tarea ingente, porque la adivinanza puede versar sobre todo lo que nos rodea física y mentalmente, todo lo nombrable y lo innombrable, es decir, “reflejan el universo en su totalidad, el real y el imaginario, y lo convierten en poesía” (p. 66). La autora opta por una clasificación temática en la que podemos encontrar personas, parentescos, oficios, animales, plantas, minerales, comidas, bebidas, objetos, las artes, la lectura, la escritura, los colores, los números, los juguetes, etc., etc. Como se ve en el siguiente ejemplo:

¿A cuál de los ingredientes,
con que cocina Teresa
sus platillos calientes,
se le pela la cabeza
para que muestre los dientes?
(el ajo).
Empieza por te
y acaba con esa
¿cómo será ésa?
(Teresa).

Y podría seguir porque son infinitos estos preciados tesoros que te atrapan y no puedes parar de leerlos, pero aquí lo dejo porque no quiero convertime en esfinge que propone enigmas para enredar al lector, prefiero que él se acerque al libro y pase unos momentos lúdicos y gratificantes, y siga sonriendo, aunque no haya acertado, pues también cuando se lee la respuesta en las páginas negras se encuentra placer en lo descifrado.

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