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Alfonso X el Sabio, Lapidario y Libro de las formas e imágenes que son en los cielos

Beatriz Arias Álvarez*

Nueva revista de filología hispánica, 2016


La nueva edición que presenta Pedro Sánchez-Prieto Borja del texto del Lapidario (las propiedades de las piedras) y de la tabla conservada del Libro de las formas e imágenes que son en los cielos (los conjuros que acercan a la magia negra) de Alfonso X forma parte de las varias ediciones que se han hecho de la obra alfonsí. Baste con mencionar la edición completa en diez volúmenes de la General estoria de 2009, cuyo coordinador fue también Sánchez-Prieto y el Libro de los juegos: acedrex, dados e tablas, editado por Raúl Orellana en 2007, ambos publicados en la Biblioteca Castro. Además de las ediciones sobre el Lapidario, que ha sido, por cierto, la obra alfonsí más editada. En el siglo XIX se dio a conocer la primera edición de esta obra; posteriormente, en 1980, Diman y Winget publicaron una cuidada transcripción paleográfica, tanto del Lapidario como del Libro de las formas, a las que hay que sumar la edición de Rodríguez Montalgo con el prólogo de Lapesa de 1981.

Aunque enmarcado por estas ediciones y estudios, el libro que presenta Sánchez-Prieto es del todo novedoso. Lo anterior radica en la disposición de contenidos y en la ubicación del aparato crítico a pie de página, a lo que hay que agregar su rigurosa transcripción, la cual tiene como sustento el trabajo y el proceso de edición de un número más que considerable de documentación medieval, que ha llevado al editor a crear criterios sólidos y confiables que estipula en sus libros Cómo editar documentos medievales, de 1998, y La edición de textos españoles medievales y clásicos. Criterios de presentación gráfica, de 2011; ambos utilizados en este trabajo. Este solo hecho pone a esta obra por encima de las que le anteceden. Esta “nueva edición” se basa en una perspectiva “neolachmanniana”, “corriente que no se identifica con el seguimiento automático de un estema, sino, sobre todo, con la aplicación crítica del iudicium, léase (si se quiere, sentido común), a todas y cada una de las lecciones del texto” (p. 459).

No se puede hacer una edición confiable sin una base sólida no sólo de grafemática, sino de conocimientos lingüísticos (morfosintácticos, léxicos, semánticos), sociales y culturales de la época que rodea a la obra. La sociofilología es imprescindible, y ésta es utilizada a la perfección por Pedro Sánchez-Prieto. De ahí que en la Introducción de este libro se haga un acercamiento “en clave cultural al curioso lector”, mientras que en el estudio crítico se dé cuenta del planteamiento editorial, del proceso seguido para llegar al texto crítico y de los escritos en los que se funda la propuesta para tomar una u otra decisión (p. xxi). Además, el editor introduce al lector en la España del siglo XIII y lo lleva a adentrarse en la Cámara Regia alfonsí, y ahí hace un impresionante recorrido filológico por el Lapidario y por el Libro de las formas e imágenes que son en los cielos.

En la Introducción se advierte que el saber de los astros era importantísimo para el siglo XIII y aun antes. Toledo se identifica como el centro cultural de mayor desarrollo en Europa; su importancia arranca desde la época visigótica en la que fue capital y durante el periodo andalusí, en el que fue uno de los más importantes reinos de taifas. En esta ciudad, el conocimiento del mundo árabe (y el contacto con el mundo indostánico) se desarrolló con ayuda de los hispano-hebreos. Ahí además se conocen y desarrollan importantes trabajos en medicina, botánica, astronomía, astrología, pero también en nigromancia, y se estudia a Tolomeo, Euclides, Galeno y Aristóteles. De este modo, el desarrollo cultural iniciado por Fernando III el Santo es transmitido e incrementado por su hijo Alfonso X el Sabio. Por tales motivos, es lógico suponer que en esa ciudad y en esa época surjan obras como el Lapidario (un tratado sobre piedras, cuyo antecedente se remonta muchos siglos atrás), ya que según expresan los sabios alfonsíes “todas las cosas de abajo se gobiernan por las de arriba, y así los hombres, los animales, las plantas y aun los minerales muestran sus «virtudes», sus acciones, fuerzas y propiedades por el influjo de los astros”; de ahí que “cada piedra tiene sus efectos, buenos o malos, para curar o causar enfermedades bajo el dominio de uno de los treinta grados de los signos del Zodíaco” (p. xxv).

El Lapidario es un compendio de conocimientos de la España del siglo XIII, es la manifestación del saber en la Península ibérica, “que hunde sus raíces en la relación entre musulmanes, árabes y cristianos” (p. xxvi). A estos aspectos, se suma además que si bien en la Edad Media, según Sarton (citado por Amusano en 1985), existían tres tipos de lapidarios: mineralógicos o científicos, los astrológicos o mágicos y los simbólicos, no cabe duda que el Lapidario alfonsí conjunta los dos primeros, la ciencia con la magia, y proporciona elementos medicinales dignos de tomarse en cuenta. Por esta razón, el Lapidario de Alfonso X es considerado el primer texto científico escrito en romance.

Esta obra ha llegado hasta nosotros por medio de dos copias tardías (del siglo XVI), y del códice que se conserva en la Biblioteca de El Escorial (Códice Regio con la signatura h.I.15), que está formado por cuatro partes o “lapidarios”, de naturaleza y contenido distintos; su proceso de elaboración fue lento, ya que se necesitaron varios años para que se terminara. El interés por los lapidarios, como ya se mencionó, no es propio de Alfonso X, sino que pertenece a una tradición. En la Grecia antigua, Dioscórides elaboró un libro sobre las virtudes curativas de plantas y minerales, y la traslación de esta ciencia griega hacia el Oriente fue “decisiva para la formación de lapidarios tal y como se conoció en la Edad Media” (p. xxx). Los conocimientos de Grecia se funden con los orientales y se nutren con otros venidos de la Península indostánica, con el objetivo de relacionar al hombre y los seres terrenales con los astros. Gracias a los árabes, estos conocimientos llegan a la Península ibérica, en concreto a Toledo, centro europeo del saber y de las “artes mágicas”. Los textos del Lapidario fueron traducidos del árabe en 1243, pero “serán revisados y adicionados con otros materiales en fechas posteriores” (p. xxxi), seguramente en dos momentos: uno al principio del reinado de Alfonso X y otro al final de su vida.

Como ya se mencionó, el Lapidario está formado por cuatro libros o lapidarios. El primero es antecedido por un prólogo, en el que se señala el porqué de la obra:

Aristótil, que fue más complido de los otros filósofos e el que más naturalmiente mostró todas las cosas por razón verdadera e las fizo entender complidamiente segund son, dixo que todas las cosas que son so los cielos se mueven e se endereçan por el movimiento de los cuerpos celestiales por la vertud que an déllos segund lo ordenó Dios, que es la primera vertud e donde la an todas las otras (p. 3).

Además, se advierte que el descubridor y traductor del caldeo al árabe fue Aboláis, personaje desconocido. Con respecto a Aristóteles, no se refiere al sabio griego, sino a Apolonio de Tiana. Este primer lapidario es una presentación de piedras clasificadas por los 30 grados de los signos del zodiaco (algunos de estos signos presentan además un pequeño prólogo), de modo que se organiza en 360 elementos. Cada una de las piedras es descrita por su forma, su color, su temperatura fría o caliente, su dureza, su olor, sus propiedades y los efectos que produce, además de señalar la etimología caldea, latina y arábiga de su nombre:

Del dizeseseno grado del signo Tauro es la piedra a que dizen en arábigo zamorat, e en latín esmeralda. Esta piedra es verde de muy fremosa verdura, e cuanto más lo es tanto es mejor. Mexclasa es de natura de tierra e de piedra, e es de su natura fría e seca... Su vertud es atal que presta contra todos los sóssicos mortales e feridas o mordeduras de bestias tosigosas, ca si tomaren délla peso de una dragma e la molieren e la cernieren e la dieren a beber con vino o con agua al omne entossicado guarece, que non muere nil caen los cabellos nin le dessuella el cuero (p. 49).

Otro ejemplo que puede ilustrar lo antes dicho es el siguiente:

Del XXVI grado del signo Capricornio es la piedra a que dice queyebiz, e llámanle en latín azul arambreño... De natura fría e seca, e por esso á grand fuerça de esfriar e de retener. E entra en las melecinas que fazen pora los ojos, e sana las postemas calientes, e otrossí las llagas que se fazen en el cuerpo, e emblanquece los dientes e sana las llagas que se fazen en las enzías (p. 222).

El segundo Lapidario se organiza por los ascendentes o “fazes de los signos” en 36 piedras. En el prólogo se advierte que:

[A]vemos por este libro que compuso Abolaix de los dichos de los sabios antigos que ordenaron por razones verdaderas la vertud que reciben las piedras de los treinta grados de los doze signos cada úna segund la vertud dáquel grado que á fuerça sobr’ella conviene agora que digamos d’aquí adelant la vertud que an las piedras segund el Sol passa por las fazes de los signos e de las figuras de las estrellas que en ellos son (p. 249).

Es decir, que, cuando el sol pasa por las fases de los signos, la piedra recibe alguna virtud y así se puede cambiar o mudar las cosas.

Además se señala que estos cambios no afectan por igual al niño que al mozo, ni al hombre. Lo mismo puede suceder con las plantas y metales, que no tienen la misma virtud cuando nacen que cuando están formadas. Las fases de los signos modifican la virtud:

De la segunda faz del signo de Aries es la piedra aque dizen bizedi, e la vertud d’ella es atal que el que la traxiere consigo será amado e onrado de los reyes, e nuncual verná mal de’llos ante recabdará lo que quisiere mientra la toviere, pero esto será más manifiestamiente cuando el Sol fuera en esta faz e su ascendent en su hora, e salvo de las infortunas e en bon catamiento de Júpiter e de Venus, e que decenda sobr’esta piedra la vertud de figura de mugier que no á más de un pie (p. 254).

En el tercer Lapidario se “departe de cómo se camian muchas vezes las vertudes de las piedras segund el estado de las planetas e de las figuras que están en el ochavo cielo, onde ellas reciben la vertud” (p. 249). Se describe, en esta parte, los efectos no ya físicos en el hombre, sino la influencia en el ánimo:

Aun a otra vertud el coral por la fuerça de Venus, que qui la troxiere consigo seyendo esta planeta en su hora e en su ascendente e en la primera faz de Tauro será amado de toda cosa quel vea. Pero esto se muestra más manifiestamiente decendiendo sobr’esta piedra la vertud de figura de mugier con sus cabellos sueltos e cabellera sobre un cirevo (p. 284).

El cuarto Lapidario, compuesto por Mohamat Abenquich, es reducido, y en él se encuentran algunas piedras organizadas más o menos alfabéticamente (más o menos porque el orden alfabético no es el que actualmente entendemos); de ahí su nombre: Lapidario por las letras del abc arábigas. Al igual que los anteriores, habla de la virtud de las piedras y de cómo les viene por “las planetas que engendran e crían estas cosas por el poder de Dios que las fizo e las ordenó” (p. 195), a lo que también añade: “Zayetaniz dizen en griego a la primera piedra de la z. De color es de azeite e de fremoso catamiento, e á en ella grand claridat, e véese omne en ella. E qui la engastonare en aniello e la aduxiere consigo non le empeztrá mordimiento de ningún vestiglo” (p. 313).

A la edición del Lapidario se añade la del Libro de las formas e imágenes que son en los cielos. Éste “se ha considerado como un conjunto de lapidarios más ambicioso”, aunque sólo se tengan catorce folios que son una especie de tablas. Nuevamente mediante su lectura se puede entender la pasión por el conocimiento que tenía el Rey Sabio, pasión, por cierto, que lo acercó a la nigromancia. Por este motivo, SánchezPrieto describe la figura de Alfonso X como un “heterodoxo que lejos de prejuicios de religión... acreditaba en miles de páginas una pasión por el conocimiento que no tiene límites” (p. xxix):

Aquí comiença el Libro de las formas e de las imágenes que son en los cielos e de las vertudes e de las obras que salen déllas en los cuerpos que son diuso del cielo de la Luna, que mandó componer de los libros de los filósofos antiguos el mucho alto e onrado don Alfonso, amador de ciencias e de saberes, por la gracia de Dios rey de Castiella, de Toledo (p. 329).

El libro se encuentra dividido en once partes, que se desarrollan a manera de tablas: la primera de Aboláis, la segunda de Timtim, la tercera de Pitágoras, la cuarta es de Iluz, la quinta de Belienus y de Iluz, la sexta de Plinio y de Belienus, la séptima de Utarit, la octava de Ragiel, la novena de Yacot, la décima de Alí y la oncena contiene las imágenes que “fallan fechas en las piedras” (p. 330). Cada una de estas partes habla de las virtudes e imágenes de las piedras: el XXV para Aries: “porque non ladre perro a qui quisieres” (p. 331); el VIII para el signo Géminis: “pora fazer dormir a qui quisieres tres días e tres noches e que adevine lo que diga” (p. 333); el XIIII de Escorpión “pora dañar el seso o el entendiemiento” (p. 355); o el V “pora aver sabor de yazer con mugier e por meter baraja entre barón e mugier” (p. 376).

Al final del Lapidario y del Libro de las formas e imágenes que son en los Cielos, el editor presenta su estudio crítico. En éste vuelve a comentar sobre la figura de Alfonso X, como protector de las letras y del saber científico, e intenta explicar por qué el Rey Sabio no sólo realiza un lapidario, que podría situarse en el límite entre la ciencia y la magia, sino también el Libro de las formas, tan alejado de la Iglesia católica y del Islam, y tan cercano a un tratado de magia negra. Todo esto dentro de una época de claros y oscuros como fue la Edad Media, con el peso de la tradición astrológica de Occidente. Es aquí donde Sánchez-Prieto hace comprender la concepción alfonsí del universo, los contenidos mitológicos que se dan en el Libro de las formas y que están presentes en otras obras del Rey. También es donde señala que fue quizá al final de la vida de Alfonso X cuando surgió en este estudioso rey el interés por la ciencia mágica.

Así, el Libro de las formas se presenta como una progresión respecto al Lapidario, pues:

hay una misma línea de pensamiento acerca del cosmos: las piedras toman sus propiedades, o siquiera las muestran en toda su plenitud, de los astros que las gobiernan. A veces basta con mirar esas piedras, otras beberse su cocción, o han de estar colgadas de una cuerda al cuello para que ejerzan su “virtud”; el paso siguiente es grabar en ellas una imagen, un sello, creando así un talismán que ha de ser impreso en el momento astral y modo conveniente (p. 402).

Hay, pues, en el pensamiento del Rey Sabio una simpatía entre todas las partes del universo, una especie de “mística helenística”.

Al hablar del concepto de producción, autoría y fechación en las obras alfonsíes, es pertinente mencionar el momento de su traducción. Se debe tener en cuenta que el proceso de elaboración de los lapidarios fue complejo: trasladados, traducidos de nuevo, enmendados y capitulados. Así, el Lapidario es una “traducción patrocinada por Alfonso X, luego revisada y puesta en limpio” (p. 409), y lo mismo debió suceder con el Libro de las figuras. Todo este proceso es explicado con rigurosidad por Sánchez-Prieto, quien incluso señala que el examen de las miniaturas ha permitido proponer una cronología sobre la producción de las obras, o que pudo haber existido un “ayudantor”, y también que puede haber discrepancias entre el texto y las ilustraciones.

En su afán de abarcar cualquier dato importante, el editor hace una llamada sobre el género que puede unir a ambas obras. Ya desde la antigüedad, el Lapidario se consideraba una obra ambigua: tratado de mineralogía, vademécum medicinal, o como señala Amasuno (1985), un tratado farmacológico contra muchas enfermedades, además de que cada una de sus cuatro partes o libros está organizada de diferente manera. Más difícil es describir y señalar el género del Libro de las formas e imágenes, pues incluso se ha dudado de que fuera escrito y que, tal vez, quedó en esbozo, en una serie de tablas a manera de índice; para Sánchez-Prieto parece que no fue así.

No menos importante es el análisis de los manuscritos que presenta el editor. El Lapidario cuenta con tres manuscritos de muy desigual valor a) h.I.15, de la segunda mitad del siglo XIII, elaborado en la Cámara Regia alfonsí; b) el que se encuentra en la Biblioteca Nacional de España, ms. 1197, y c) el de la Biblioteca del Monasterio de El Escorial. Mientras que del Libro de las formas y de las imágenes sólo hay uno (h.I.16, de la Cámara Regia). De todos ellos Sánchez-Prieto hace un minucioso análisis, desde las características del papel, su estado de conservación, las dimensiones de los folios y su número, las lagunas que existen, la numeración, la decoración, la forma de escribir, el tipo de letra, las cabeceras, la decoración en algunas letras, etcétera.

También, siguiendo su estricto sentido filológico, Sánchez-Prieto explica los problemas textuales y las soluciones que tomó para su edición, así como los criterios que siguió. Al respecto advierte que “la dificultad mayor en la presentación del Lapidario y del Libro de las formas ha sido establecer la forma gráfica de los nombres de las piedras y de otras muchas palabras de origen griego, siríaco, árabe y, finalmente, latino”, ya que es difícil emplear criterios fonéticos a palabras que corresponden a una tradición libresca (p. 475), a lo que añade que el trabajo elaborado por diferentes manos obliga a un sistema de notaciones complejo. Mención aparte merecen las láminas que aparecen en la obra, verdaderas joyas que ayudan a comprender en qué consistía la elaboración de libros en la escuela alfonsí.

Después de leer el Lapidario y el Libro de las formas e imágenes que son en los cielos, podría decirse del rey Alfonso X el Sabio que nada humano le fue ajeno. Sobre la edición realizada por Pedro Sánchez-Prieto Borja sólo resta señalar que, debido a su gran conocimiento de la época y del Rey Sabio y a su riguroso método filológico, acerca estas dos obras tanto al lector especializado como al no especializado, labor que en nuestros días es muy difícil de conseguir, sin menoscabo de uno de ellos1.





Referencia
Amasuno, Marcelino, “En torno a las fuentes de la literatura científica del siglo XIII: presencia del Lapidario de Aristóteles en el alfonsí”, RCEH, 9 (1985), 299-328.

Notas al pie:

1.

fn1Marcelino Amasuno, “En torno a las fuentes de la literatura científica del siglo XIII: presencia del Lapidario de Aristóteles en el alfonsí”, RCEH, 9 (1985), 299-328.


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