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Lía Schwartz, Lo ingenioso y lo prudente. Bartolomé Leonardo de Argensola y la sátira

Antonio Carreira

Nueva revista de filología hispánica, 2016


No es mucho lo que se ha escrito sobre Bartolomé de Argensola (15621631), si se lo compara con lo dedicado a otros poetas del Siglo de Oro, y menos aún sobre su obra en prosa. Lía Schwartz e Isabel Pérez Cuenca habían reeditado, en 2011, las Sátiras menipeas de Bartolomé (Prensas Universitarias, Zaragoza), publicadas con título más neutro por el conde de la Viñaza en 18892, y puesto que sobre ellas versan los estudios ahora reunidos, no estará de más comentarlas algo. En su prólogo, recuerdan las editoras que Argensola, nacido en Barbastro, estudió en Salamanca, donde pudo ser colega de Góngora, y se tituló en Zaragoza, donde hubo de conocer al jesuita antuerpiense P. Andreas Schott, figura eminente del neoestoicismo. Ordenado sacerdote hacia 1583, fue nombrado rector de Villahermosa del Río, estado de los duques de ese título en la actual provincia de Castellón. Fue luego capellán de la emperatriz María, hermana de Felipe II y viuda de Maximiliano II, que vivía en el madrileño convento de las Descalzas. Muerta aquella señora, Argensola pasó algún tiempo en la corte vallisoletana y se hizo amigo del conde de Lemos, a quien acompañó en su virreinato de Nápoles y tal vez por cuyo encargo compuso la Conquista de las Islas Malucas (1609). En Roma consiguió una canonjía en la Iglesia Metropolitana de Zaragoza, donde actuó como cronista del reino y vivió hasta su muerte.

La obra historiográfica de Bartolomé Argensola circuló impresa, con excepción de las Alteraciones populares de Zaragoza, año 1591, publicadas recientemente3. También se ha estampado varias veces la Conquista de las Islas Malucas, e incluso su labor cronística fue objeto de una edición rotulada Conquista de México, que abarca los años 1516-1520 y es, a nuestro parecer, modelo de prosa más sobria, o menos atildada, que la de Solís en materia semejante4. De esta forma -continúan las editoras- se complementa lo particular histórico de las crónicas y anales con lo universal poético de su obra literaria.

Bartolomé, muy unido a Lupercio (1559-1613), se resistió siempre a publicar sus poemas, aunque al final se animó a limarlos, sabiendo que su alumno, el también vate y sacerdote Martín Miguel Navarro Moncayo, los estaba comentando. No obstante, murió, como tantos más, antes de que se imprimieran, junto con los de su hermano mayor en 1634. Esa autocrítica, que nos valió distintas versiones de casi cuarenta poemas, indica también que Argensola, ajeno a la polémica gongorina (menciona el “estilo enigmático moderno” en el soneto 86 de las Rimas), no desdeñaba ser considerado un poeta clásico, siempre pendiente de imitar a sus modelos en su mayoría latinos, algunos enumerados en varias sátiras, una de las cuales también menciona su inclinación a la llaneza. Las editoras suponen que Argensola, después de seguir el precepto horaciano de guardar sus delicta iuuentutis durante años para luego pulirlos, a la postre hubo de encontrarse con que correspondían a una estética neoclásica ya algo obsoleta. Al margen de la poesía moral, sacra y de circunstancias, sin olvidar los devaneos petrarquistas, el lugar central en su obra lo ocupan las sátiras, género sobre el que disertó en su carta al conde de Lemos. Una carta, a nuestro juicio, tan empedrada de citas, que apenas deja traslucir nada del remitente, salvo que está algo harto de preceptos. Si Horacio es el modelo absoluto para los dos Argensolas en cuanto satíricos, dejando a un lado que para el venusino ningún autor de sátiras pudiese llamarse poeta, al menos tampoco les es aplicable el dictum célebre: breuis esse laboro, obscurus fio (Ars, 25-26), porque sus sátiras en tercetos encadenados, más abundantes en Bartolomé que en Lupercio, ni son breves ni oscuras, aunque siguen de cerca al dechado en la variedad de temas y en la templanza del enfoque, siempre a mucha distancia de la desvergüenza que suele exhibir Juvenal. Una moderación, si cabe, más marcada en las cuatro epístolas inéditas atribuidas a Bartolomé por José Luis Gotor, que, como las de Horacio, tienen tanto de epístolas como de sátiras5.

Bartolomé cultivó también la sátira menipea, por conservar la denominación que se dio a las de Marco Terencio Varrón en el s. I a. J.C., aunque curiosamente, en esto el modelo hubo de ser griego y posterior: Luciano, ya que de las anteriores sólo quedan fragmentos de Varrón, la Apocolokyntosis de Séneca y acaso el Banquete de Juliano. Como se sabe, en este subgénero iba a destacar sobre todo Quevedo, con los Sueños, la Hora de todos y otras obras. “La imitación de Luciano -continúan las editoras- se centra, en primer lugar, en recursos tópicos muy conocidos: los viajes extraterrestres y fantásticos al cielo y al infierno, los sueños y las visiones, y la adaptación de tipos lucianescos al repertorio de tipos morales y sociales que estaba en boga desde el Renacimiento”. Un asunto tratado por Antonio Vives Coll en su tesis Luciano de Samosata en España (1500-1700)6, que dedica solo cinco páginas a Argensola y muchas más a Quevedo, tras señalar que Luciano, con o sin la mediación de Erasmo, deja huellas en Vives, los Valdés, Mexía, Villalón y varios anónimos entre los que destacan El Crotalón, el Diálogo de las transformaciones de Pitágoras y una obra maestra: el Viaje de Turquía.

Hacen luego las editoras un resumen de las llamadas “alteraciones aragonesas”, causadas por las maniobras de Felipe II para conseguir la extradición de Antonio Pérez, refugiado en Aragón desde 1590 y más tarde en Francia, hechos que costaron prisión al duque de Villahermosa, amo de los Argensola. Bartolomé, que había enviado un informe exculpando al reino de rebelión, compuso luego su Dédalo, diálogo en que este personaje, prisionero de Minos, relata a su amigo Polites su huida de Creta con alas fabricadas para él y su hijo Ícaro. En líneas generales, su antecedente es el Icaromenipo de Luciano, aunque en ésta como en las demás sátiras Argensola está lejos del humor de su modelo. El Dédalo, inédito hasta fines del s. XIX, llegó hasta nosotros en cuatro manuscritos, uno de ellos perdido, y no parece haber tenido repercusión en ningún sitio. Otra cosa es que sus lectores desvelaran el mensaje que encierra, en parte por los múltiples datos y personajes que intervienen en la leyenda, a los que sólo forzando las cosas se podría buscar correspondencia. Indicios son que culpa a la razón de Estado esgrimida por los tiranos para justificarse, habla de alguien que padece una larga prisión sin obtener sentencia, e incluso dice “que no importa ser los reyes aborrecidos si, a precio deste odio, son temidos” (p. 21), lo cual, aplicable o no a Felipe II, es un proverbio citado por Suetonio (Calig., 30.1) que las notas no registran y que demuestra lo sabido: Bartolomé, siempre que puede apoyarse en alguien, lo hace, aunque sea para soltar una nimiedad. No obstante, sigue en pie la pregunta acerca del objetivo que se hubiera propuesto su autor, o si estaremos ante una de tantas composiciones impublicables, como otras de Quevedo, hechas más para desfogar que para convencer.

El Menipo litigante, inspirado en el Menipo o La necromancia de Luciano, insiste en la corrupción de la justicia, la avidez de dinero, los enredos de la abogacía, temas recurrentes en varias de las sátiras en verso del mismo Argensola, y que poseen amplios antecedentes bien ilustrados en las notas. Por último, el Demócrito es un diálogo entre Damageto e Hipócrates, en que el primero intenta convencer al segundo de que cure a Demócrito de Abdera, a quien sus paisanos juzgan demente. Como aclaran las editoras, el tema de la risa de éste y el llanto de Heráclito fue tratado en multitud de lugares, entre ellos el emblema CLI de Alciato y un soneto donde el propio Argensola comenta un cuadro que los representa y, siguiendo a Séneca, se suma a la opinión de Demócrito, que opta por reírse del mundo (ed. Blecua, núm. 104). La conclusión a que llega Hipócrates, tras escuchar al filósofo, es que la locura no es a Demócrito a quien afecta sino a los demás hombres, ambiciosos, olvidados de la justicia y dedicados a actividades que los estoicos veían con malos ojos. El modelo, en este caso, es doble: las cartas apócrifas de Hipócrates, en cuanto al contenido, y un pasaje de la Subasta de vidas, de Luciano, en cuanto a la forma, pues si por un lado el Demócrito casi es monólogo de Hipócrates, por otro el escéptico Luciano está tan lejos del estoicismo como de la gravedad con que Argensola aborda estas materias, especialmente en esa sátira deliciosa donde Zeus y su pregonero Hermes se dedican a subastar filósofos como esclavos, de los que acaso el más tonto es precisamente el estoico Crisipo.

Con lo dicho, creemos ya innecesario entrar en muchos detalles acerca del libro Lo ingenioso y lo prudente, de Lía Schwartz , cuyos capítulos ahondan en el material que arropa la edición. Dejemos a un lado los dos prólogos, que desarrollan lo dicho antes, y pasemos al titulado “Modelos clásicos y modelos del mundo en la sátira áurea”. Entre otras cosas ya apuntadas, señala Schwartz que los autores preferidos de B. Argensola fueron Horacio, Persio, Juvenal y Marcial, Virgilio y Cicerón, entre los latinos, y Luciano entre los griegos. “Argensola sabía indudablemente griego”, dice en p. 28. Todo ello ha sido objeto ya de un estudio magistral y concluyente por parte de Juan Gil, quien juzga tal frase exagerada, y demuestra que Argensola leía a los griegos en versión latina, cuando no francesa e italiana7. Al mismo tiempo, sienta que en su producción poética “influyó Horacio, el gran venusino, sobre todos los demás” (p. 417); “El propio género satírico-epistolar empleado tantas veces por los Argensola deriva en última instancia de los Sermones y las Epistulae horacianos” (p. 415). Tras él viene Juvenal, con quien Argensola comparte el gusto por la retórica (p. 423), mientras que Virgilio es de los menos citados. En cuanto a los griegos, ambos hermanos, aunque ignoraron a los trágicos y a Aristófanes, “cuando menos leyeron en traducción latina a Homero y Píndaro, entre los poetas, y a Platón, Aristóteles y Luciano, entre los filósofos. No está mal para la España de su época” (p. 408), pero de ahí a hacer de cualquiera de ellos un helenista hay mucha distancia.

Estudia la autora a continuación cada una de las sátiras en prosa, en especial el Dédalo, sus concomitancias con el Crotalón, o con alguno de los Sueños quevedescos, y discute la postura de Robinson, según quien Argensola parece “haber vaciado los diálogos de sus aspectos esenciales para usar solo la cáscara”, afirmación difícil de rebatir para quien lea sin prejuicios autores de ideología tan contrapuesta. Según Schwartz, Argensola adopta el tullianus stylus derivado de la alianza entre ramismo y cicerionianismo, lo que no excluye tomar motivos lucianescos como objeto de sus sátiras. Termina el capítulo analizando la carta de Argensola al conde de Lemos, la sátira popular y anónima como fuente de otras cultas, y la diferente concepción de la sátira por parte de Quevedo, más inclinado a lo satírico-burlesco. Su conclusión es que “las recreaciones de Luciano no pueden ser juzgadas con criterios atemporales, o, tal vez convenga decir, con criterios derivados de teorías modernas que se presentan como universales de las prácticas literarias” (p. 48).

“Las alteraciones aragonesas y los Argensola” comienza con un resumen de lo enunciado, a partir sobre todo de trabajos recientes de los historiadores Gregorio Colás, José Antonio Salas Auséns y Jesús Gascón Pérez. De éste interesa sobre todo el libro La rebelión de las palabras. Sátiras y oposición política en Aragón (1590-1626), cuyo prólogo pone al día la cuestión, analiza la violencia verbal en la Europa moderna y reúne 42 pasquines en prosa y verso que circularon por Aragón en aquellas fechas8. La mayoría se ocupa del contrafuero y sus consecuencias, y tiene la curiosa característica de no haberse impreso en su tiempo. Schwartz sitúa a los Argensola en medio de la revuelta, como implicados en construir una versión oficial de lo sucedido, y más tarde en reivindicar el honor del duque de Villahermosa, su protector, misteriosamente desaparecido durante la represión. Examina luego el soneto de Lupercio al Moncayo cuyo final alude a la aflicción de Zaragoza, extracta un informe del mismo autor que quedó inédito, donde manifiesta su posición fuerista a la vez que intenta justificar los actos del rey, y acaba centrándose en el diálogo Dédalo, que ya conocemos. “Argensola critica, pues, en clave satírica, el modo en que los reyes convierten lo que se denominaba causa grave en razón de estado, y la tendencia a defender esta última a expensas del respeto a la justicia natural... Bartolomé se presenta también aquí como un partidario del constitucionalismo aragonés frente al absolutismo monárquico” (p. 64). Otis Green en su día examinó las Relaciones de Antonio Pérez impresas en París en 1598 y destacó dos divisas que siguen al prólogo donde se explican: una presenta al Minotauro encerrado en el laberinto con un dedo sobre los labios y la leyenda: in spe; en la otra está ya triunfante, el laberinto hecho pedazos, y la leyenda: vsqve ashvc. Aunque el Minotauro (que en el emblema parece más bien un centauro) no es Dédalo, resulta difícil no conectar las divisas con el diálogo argensoliano, cosa que a Schwartz no le parece imprescindible9.

“La representación del poder: del rey y sus ministros en el Dédalo de Argensola y en los Sueños de Quevedo” estudia esas obras en relación con las doctrinas de Maquiavelo, Lipsio y los espejos de príncipes, abundantes entonces. “Las voces satíricas de un humanista aragonés” se vuelve a Gracián, quien en su Agudeza y arte de ingenio cita 34 veces a Bartolomé Argensola, “gran filósofo en verso”, cuya seriedad le parece comparable a la de Horacio. Extrae luego una poética de la sátira a partir de la dirigida a Fernando de Soria Galvarro (ed. Blecua, núm. 162), junto con la epístola “a un caballero estudiante” (núm. 163), a quien recomienda Sófocles y Eurípides, junto con Séneca, si se inclina por la tragedia, mientras que si prefiere la sátira es Juvenal la lectura aconsejable. Y de nuevo analiza la carta al conde de Lemos, que elogia las sátiras de Ariosto y Ronsard. Por último en este apartado se estudia la graciosa sátira I, 9 de Horacio, vertida por Argensola, donde se denuncia al charlatán que pretende entrar en el círculo de Mecenas. La autora recuerda oportunamente burlas similares de poetastros en la obra de Quevedo, tanto en el Buscón como en varios de los Sueños, y continúa con otras versiones argensolianas de Marcial, cuyos epigramas sirven de pauta a poemas que caen a veces en la misoginia. Dos de las sátiras en tercetos de Argensola, una de ellas muy extensa y excluida de las Rimas, son comparadas por su contenido a la Epístola satírica y censoria de Quevedo, como si ésta fuese una sátira igualmente razonable, lo que ofrece no pocas dudas.

Termina el libro con el capítulo “Fábula mitológica y sátira. El Menipo litigante”. Hubo desde la Edad Media una múltiple tradición que interpretaba las leyendas como alegorías de verdades morales o filosóficas, mientras que otros géneros invertían la perspectiva y las hacían objeto de parodia o diversión. Entre éstos estaba la sátira de Luciano, cuyas traducciones al latín, ya en el Renacimiento, “habían impuesto una visión secular de la mitología clásica” (p. 115). Argensola usa la leyenda de Dédalo en su diálogo homónimo como alegoría de las alteraciones aragonesas. El Demócrito se hace eco de las cartas apócrifas de Hipócrates para denunciar la locura humana. Ahora, en el Menipo litigante, ataca las corruptelas de la justicia con el ejemplo de su herencia paterna, dilapidada en el juzgado. Su nékyia, o viaje al Hades, con el que pretende apoyar el funcionamiento de la justicia en la tierra, le sirve para comprobar que allí las almas reciben el castigo correspondiente a sus culpas, según Platón había estipulado ya al fin de la República. Supone Schwartz que “los lectores del siglo XVII habrían reconocido el tono sardónico del discurso de Luciano” en las palabras de Argensola (p. 120). Si así fue, probablemente se debió a que tales diálogos se dirigían a convencidos. El espíritu burlón, escéptico e iconoclasta de Luciano, semita nacido en la Comagene, que siempre vio con sorna cualquier tipo de creencia o ideología griega, casaba mal con la reverencia que Bartolomé sentía por las cuestiones de ultratumba.

En resumen, Lo ingenioso y lo prudente es un conjunto de sabios estudios cuya autora no deja resquicio sin escudriñar para obtener un magro resultado: B. Argensola, escritor nada sobrado de humor e imaginación, imita de lejos a Luciano, pero le falta la chispa del modelo, la elegancia de Horacio y el desparpajo de Juvenal, como cabía esperar en un sacerdote neoestoico, más prudente que ingenioso, aunque hábil prosista y versificador. Uno se pregunta si aquella educación a que aludimos al principio, y cuyas frecuentes huellas encuentra Juan Gil en el trabajo citado, no será la responsable de los dos diálogos Menipo litigante y Demócrito, a la manera de tantas obras de la segunda sofística, o de la dialógica renacentista, que parecen hechas para probar la mano o ejercitar los recursos de la retórica y donde la forma solo sirve para que un interlocutor tire de la lengua del otro. Más ingenio muestra el Dédalo, del que su autor tampoco debió de quedar muy satisfecho, puesto que tan tarde como en 1628 aún pensaba en reescribirlo y al fin lo dejó a un lado por razones de prudencia. Hablando del nacimiento de la sátira en prosa y verso tal como hoy la entendemos, nota Highet el hecho curioso de que se deba, fundamentalmente, a dos disidentes: Luciano y Juvenal, el griego antirromano y el romano antihelénico10. Bien podría ser que Bartolomé, tan acomodaticio en otros terrenos, no hubiera disentido lo suficiente como para ser un satírico verdadero.





Referencias
Gil, Juan, “El mundo clásico en la poesía de los Argensola”, en Studia classica Caesaraugustana. Vigencia y Presencia en el mundo clásico hoy: XXV años de Estudios Clásicos en la Universidad de Zaragoza, eds. J. Vela Tejada, J.F. Fraile Vicente y C. Sánchez Mañas, Prensas Universitarias, Zaragoza, 2015, pp. 387-464.
Highet, Gilbert, The anatomy of satire (Princeton, NJ, 1972), p. 43.
Leonardo de Argensola, Bartolomé y Lupercio Leonardo de Argensola, Obras sueltas de Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, Imprenta y Fundición de M. Tello, Madrid, 1889, 2 ts.
Leonardo de Argensola, Bartolomé y Lupercio Leonardo de Argensola, Fortuna y providencia. Cuatro epístolas inéditas, ed. de J.L. Gotor, Humanitas, Barcelona, 1984.
Leonardo de Argensola, Bartolomé y Lupercio Leonardo de Argensola, José Manuel Blecua ed., Rimas (Espasa, Madrid, 1974).
Leonardo de Argensola, Bartolomé, Conquista de México. Gonzalo de Illescas, un capítulo de su “Historia Pontifical” sobre la conquista de la Nueva España, ed. Joaquín Ramírez Cabañas, Pedro Robredo, México, 1940, 381 pp.
Marañón, Gregorio, Antonio Pérez, Espasa, Madrid, 1947, 2 ts.

Notas al pie:

2.

fn1Obras sueltas de Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, Imprenta y Fundición de M. Tello, Madrid, 1889, 2 ts.


3.

fn2Ed. de Gregorio Colás Latorre, IFC, Zaragoza, 1996.


4.

fn3Bartolomé Leonardo de Argensola, Conquista de México. Gonzalo de Illescas, un capítulo de su “Historia Pontifical” sobre la conquista de la Nueva España, ed. Joaquín Ramírez Cabañas, Pedro Robredo, México, 1940, 381 pp., de las cuales las primeras 247 corresponden a 20 capítulos completos o extractados de la Primera parte de los Anales de Aragón que prosigue los del Secretario Gerónimo Zurita (Zaragoza, 1630), de Argensola. El título no indica que hay dos capítulos más de Juan Francisco Andrés de Ustárroz y un apéndice de Fernán Pérez de Oliva titulado “Algunas cosas de Hernán Cortés y México”, procedente de un ms. de El Escorial.


5.

fn4Bartolomé Leonardo de Argensola, Fortuna y providencia. Cuatro epístolas inéditas, ed. de J.L. Gotor, Humanitas, Barcelona, 1984. Sobre su autoría ha mostrado dudas Juan Gil, “El mundo clásico en la poesía de los Argensola”, en Studia classica Caesaraugustana. Vigencia y Presencia en el mundo clásico hoy: XXV años de Estudios Clásicos en la Universidad de Zaragoza, eds. J. Vela Tejada, J.F. Fraile Vicente y C. Sánchez Mañas, Prensas Universitarias, Zaragoza, 2015, pp. 387-464, en especial p. 394.


6.

fn5Sever-Cuesta, Valladolid, 1959. Desde entonces, es mucho lo averiguado en torno al lucianismo y al género dialógico. Cf. Robinson, Lucian and his influence in Europe (Chapel Hill, 1979), Michael Zappala, “Luciano español”, NRFH, 31 (1982), pp. 25-43, y la espléndida introducción de Ana Vian a Diálogos españoles del Renacimiento (Almuzara, Toledo, 2010), que con la cronología y la bibliografía rebasa las 300 páginas.


7.

fn6Juan Gil, “El mundo clásico en la poesía de los Argensola”, cit. en nota 4, pp. 402 y 407-408. Blecua, en su edición de las Rimas de B. Argensola (Espasa, Madrid, 1974), piensa lo mismo que Schwartz (I, p. 114, nota).


8.

fn7Uno de ellos, el soneto a Júpiter (p. 181), no puede ser sátira contra Felipe IV, como dice la nota, porque su autor, Lupercio, murió en 1613; es incluso dudoso que se refiera a Felipe II.


9.

fn8Algo que no llegó a tratar Marañón en su obra todavía hoy indispensable: Antonio Pérez, Espasa, Madrid, 1947, 2 ts.


10.

fn9Highet, Gilbert, The anatomy of satire (Princeton, NJ, 1972), p. 43.


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