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Adriana Azucena Rodríguez, Coincidencias para una historia de la narrativa escrita por mujeres

Pablo Muñoz Covarrubias*

Nueva revista de filología hispánica, 2016


En las primeras líneas de “La historia de la literatura como provocación de la ciencia literaria” (1970), y con la intención de preparar lentamente al lector para su propuesta renovadora, escribe Hans Robert Jauss que “la historia de la literatura, en nuestra época, ha caído cada vez más en descrédito, pero ello no ha ocurrido en modo alguno sin su culpa”1. Para Jauss, la historia literaria ha recorrido un largo pero imparable camino hacia la infamia. Esto no deja de resultar sorprendente si, como nos los recuerda el mismo teórico, alguna vez fue el sueño de todo filólogo escribir un texto monumental, una obra magna que diera renombre a la literatura nacional, que resumiera los conocimientos adquiridos a lo largo de una vida llena de lecturas y reflexiones.

Según el diagnóstico de Jauss, los conceptos de historia y de literatura, y también los procesos económicos e ideológicos, permearon de tal manera el trabajo historiográfico de los investigadores y de los eruditos que las obras historiográficas quedaron, en el mayor número de los casos, condicionadas por esas premisas políticas, filosóficas o aun doctrinales, como lo son el marxismo o incluso el formalismo, a pesar de sus deslumbrantes propuestas para el estudio de la literatura y su “evolución”. En la medida en que se haga una profunda revisión de esas premisas -al menos eso parece creer Jauss- será posible identificar los aparentes errores en la metodología previa, examinar y aceptar la gran necesidad de escribir otra historia de la literatura, con otras bases y con otros alcances muy distintos. De tal manera que esa necesidad de leer y de ordenar, de escribir y de organizar, no se habría superado del todo, incluso cuando, como bien lo señala también el teórico de la recepción, en los cursos escolares, y más aún en los ámbitos universitarios, prácticamente hubiera desaparecido por completo el enfoque historiográfico, esa manera tan específica de estudiar la literatura como el producto de una época y de una geografía.

Los manuales de literatura nos sirven para navegar una porción muy particular (una corriente, un período, una escuela, un autor) de la literatura. Son compendios esquemáticos, pero de gran utilidad práctica. A diferencia de los libros de historia literaria, un manual no tendría que ser leído desde la primera página hasta la última. Una historia literaria, en cambio, exige ser examinada en cada uno de sus capítulos con la honesta intención de profundizar en los ámbitos visitados por su autor. Quien actualmente lea una historia de la literatura con el solo propósito de informarse estará cometiendo un grave error. A pesar de esa libertad para indagar en los procesos literarios, el historiador de la literatura deberá proceder todavía con un espíritu pretendidamente objetivo; tendrá, por lo mismo, que enfrentar los textos y los autores con la perspicacia de quien entiende que escribir la historia de la literatura no significa hacer un compendio de agrados y desagrados, o de pequeñas acotaciones escritas al margen de los grandes hechos ocurridos en los alrededores de la institución literaria. En realidad, se trata más bien de explicar, recuperar, contextualizar, interpretar, analizar y justificar las presencias escogidas de los autores. En este sentido, debe leerse la muy novedosa aportación crítica de Adriana Azucena Rodríguez en Coincidencias. Sobre todo, quisiera destacar el conocimiento hondo que la autora posee de su campo de estudio y la creatividad con que presenta los datos de su muy amplia y sintética investigación.

Coincidencias es un libro, sin duda, oportuno y necesario para la comprensión de la literatura escrita a lo largo del siglo XX. Después de un período especialmente rico para las letras mexicanas, resulta urgente revisar qué fue lo que realmente ocurrió en nuestra literatura, sobre todo, en un ámbito que con frecuencia provoca malentendidos e incomprensiones, como lo es el de la escritura de mujeres. Rodríguez no se detiene a discutir teóricamente si existe o no un método y un estilo exclusivamente femenino de escritura, porque ése no es en realidad su tema. De hecho, su reconstrucción histórica evita reavivar el debate en torno a la peculiaridad de los modos y de las formas en que, supuestamente, escribían las mujeres en comparación con los hombres; sin embargo, la autora no deja de reconocer el hecho de que hay menos escritoras que escritores en nuestra tradición y en nuestro canon, el cual todavía se encuentra en proceso de configuración. Por tanto, este tipo de aproximaciones resulta no sólo útil, sino por completo urgente.

La propuesta del libro se resuelve perfectamente bien desde el título de la obra, la cual nos da lo que nos promete: narrativa escrita por mujeres. La estudiosa parte del hecho cierto de que sería imposible escribir una historia total de la literatura mexicana, ya que ésta debería considerar todos los autores y también todos los géneros, todos los modos y todas las formas del discurso literario sin dejar nada afuera; por tanto, una manera práctica en que podríamos ya acercarnos de manera ordenada a ese universo consistiría en delimitar el campo de estudio (enfocarnos, por ejemplo, en la narrativa), o bien dar cabida a aquello que haya sido desatendido hasta este momento por los lectores (las escritoras olvidadas), o lo que merezca una nueva interpretación y acomodo en los recuentos de las bibliografías (acaso las obras ensalzadas, pero no siempre bien leídas). A pesar de que la presencia de algunas escritoras nos resulte habitual en nuestras discusiones, en nuestros acercamientos a la literatura mexicana del siglo pasado (Castellanos, Garro, Vicens, etc.), no siempre los críticos y los académicos han logrado -eso apunta Adriana Azucena Rodríguez- atender otras obras escritas también por mujeres que igualmente merecerían, y por sus propios méritos estéticos, ser recordadas. De acuerdo con lo dicho por la investigadora, no deja de ser asombroso que hayan sido olvidados muchos textos que guardarían cierto parentesco coincidente con otras obras que sí han logrado, con el paso del tiempo, y gracias a la atención de los lectores, establecerse en nuestras memorias y en nuestras lecturas recurrentes en los programas de los cursos universitarios y que, incluso, han sido reeeditadas o reimprimidas por grandes casas editoriales.

El método seguido por Rodríguez para elaborar esta historia literaria presenta dos rasgos o estrategias fundamentales. Primero, atiende aquellos elementos que nos pueden servir para reconocer coincidencias entre las obras estudiadas. Más allá de cualquier noción de intertextualidad, más allá de cualquier filiación mecánica, lo que aquí propone la estudiosa es una especie de ejercicio comparativo entre los textos y las autoras que los escribieron: unir los puntos de tal manera que se pueda reconstruir, ahora sí, el dibujo o la imagen de la literatura mexicana escrita por mujeres de forma más amplia y global. En cada uno de los diez capítulos de Coincidencias, Adriana Azucena Rodríguez estudia un grupo de tres o cuatro autoras a partir de un elemento, un aspecto, un tema o un recurso que reaparezca transversalmente en las obras seleccionadas; de este modo, la investigadora ha armado un interesante corpus para su estudio y para su interpretación inmediata: “La asociación entre los contenidos del relato y el contexto histórico-cultural a los que responden muchas de las coincidencias percibidas revela el desarrollo de la literatura como un sistema de relaciones entre historia, similitud de intereses y preocupaciones estéticas y culturales que recaen en ciertos individuos que agrupamos en entidades consideradas, en ocasiones, como generaciones” (p. 11). Como podrá notarse al leer las páginas de Coincidencias, resulta claro que este objetivo se ha cumplido: organizar el estudio de las autoras a partir de esos destacados puntos de contacto, de esas especiales recurrencias en las obras correspondientes. Es importante señalar que son de diversa especie los elementos que la autora ha decidido destacar, de tal manera que conviven en su análisis una perspectiva formal para estudiar el texto -por ejemplo, en el capítulo dedicado a la estrategia de distanciamiento en las escritoras del 68-, una perspectiva netamente temática -como el interesante apartado que se dedica a la recreación de la época de infancia como tema literario-, o un acercamiento desde la exploración del género literario como categoría de análisis -por ejemplo, la sección en que Rodríguez estudia las aportaciones de las escritoras mexicanas al ámbito de la minificción. Aquí quisiera subrayar uno de los puntos esenciales que tiene que ver, como ya antes lo dije, con esta primera estrategia de la que bien se sirve Rodríguez para la construcción e invención de su historia literaria: optar por hacer aparecer los nombres de las escritoras en cuestión, pero siempre bajo la premisa de que sus obras sean inmediatamente leídas, analizadas y vistas bajo la adecuada perspectiva de la crítica literaria. Sorprendentemente, Coincidencias nace a partir de esa organización propuesta por Rodríguez y cuya base consiste en haber escogido textos que representan a la perfección un aspecto para el análisis. A manera de ejemplo de lo anterior, quisiera recordar el capítulo ocho: “Las primeras manifestaciones del personaje homosexual en la narrativa mexicana escrita por mujeres”. Como podrá deducirse, se trata de un apartado del libro en que Rodríguez vertebrará su estudio a partir de un motivo o acaso de un elemento recurrente: el personaje homosexual. En este capítulo, primordialmente, se discuten algunas obras de Inés Arredondo (1928), Rosa María Roffiel (1945), Sara Levi Calderón (1942), Gabriela Rábago Palafox (1950) y Ethel Krauze (1954). Junto al nombre famoso de Arredondo, aparecen escritoras de menor renombre y que han sido poco leídas; pero todas, en gran medida, tienen un rasgo en común, por lo menos en una porción de su obra. Podría, claro, objetarse que la homosexualidad no es el tema principal, por ejemplo, de la obra de Arredondo; a pesar de eso, sí le permite a Rodríguez leer y analizar la novela corta -que luego apareció como un texto incluido en Los espejos (1988)- Opus 123 (1983). Y éste es un rasgo muy interesante de la metodología de Coincidencias: incluir lúcidos apuntes que ya nos proveen de una lectura analítica de los textos incorporados. La estudiosa no se limita a la enumeración de autoras, obras y corrientes, pues nunca olvidará verter y compartir sus descubrimientos en tanto lectora de las obras.

Además de los temas y recursos que ya he mencionado en esta reseña, Adriana Azucena Rodríguez también explora el componente sobrenatural, la “nueva novela” de los años sesenta, el personaje de la abuela en las historias de las escritoras judías en nuestro país y la presencia de la literatura dentro de las obras literarias, es decir, lo meta-literario. Es probable que algún lector del libro de Adriana Azucena Rodríguez critique esta manera de proceder, porque lo propuesto en Coincidencias supone una revisión acotada de las narradoras mexicanas del siglo pasado. En efecto, Rodríguez no estudia la obra total, por ejemplo, de Elena Garro, sino únicamente la “irrupción de lo sobrenatural” en su mundo literario; por tanto, privilegia sobre todo el análisis de un libro clave: Los recuerdos del porvenir (1963). Sin embargo, el gran logro de Coincidencias radica, precisamente, en la selección intencionada de los textos coincidentes, en el esbozo de una historia que, en realidad, nunca terminará de escribirse, reconfigurarse y reaparecer frente a nuestros ojos.

El otro rasgo de la metodología de Coincidencias que deseo destacar tiene que ver con un elemento central que le ha servido a Rodríguez para ordenar, aproximadamente, la obra de casi media centena de escritoras, cuyos nombres y libros, de forma muy organizada y original, aparecen en las páginas de este estudio historiográfico. Adriana Azucena Rodríguez se ocupa en Coincidencias de un período de casi 100 años. El inicio de la literatura mexicana del siglo pasado, desde un punto de vista ideológico e histórico, comienza con los sucesos de la Revolución de 1910. Esta investigación así lo entiende, y se expande de tal modo que incluye autoras cuyas obras se encuentran, en este momento, en proceso de creación, puesto que algunas de ellas son contemporáneas (pienso en el caso de Sabina Berman y también en el de la muy prolífica Carmen Boullosa). Para organizar una nómina tan nutrida y variada de escritoras, en Coincidencias se propone retomar varios elementos de la famosa propuesta de Ortega y Gasset: la idea de las generaciones. Rodríguez reconoce lo ventajoso que sigue siendo la aportación del español para el estudio de los hechos culturales y, sobre todo, para las investigaciones literarias. Sin embargo, la estudiosa no retoma al pie de la letra las ideas orteguianas, puesto que no será a partir del surgimiento de una gran figura, de un personaje destacado o eminente, como ella elaborará el panorama generacional: “...considero dos criterios para limitar y distinguir a las generaciones entre sí: las fechas de nacimiento acotadas por décadas, limitadas arbitrariamente por la tradición; y sus condiciones alrededor de un suceso coyuntural determinante...” (p. 16). La propuesta tiene validez porque es cierto que las autoras, de acuerdo con la época en que vivieron y escribieron, compartieron estímulos e ideas en común. Esto se valida, por ejemplo, al considerar a las escritoras que aparecen en el cuarto capítulo y que tienen en común escribir novelas que atentan contra los recursos más tradicionales de la narrativa; me refiero a Julieta Campos, Luisa Josefina Hernández y María Luisa Mendoza.

Me parece que Coincidencias es un estudio que merece la atención de quienes se interesan en la literatura mexicana del siglo pasado, y en especial que quieran conocer quiénes fueron y son las narradoras de nuestra tradición contemporánea. El libro es una propuesta interesante, puesto que atiende, como se ha visto, este conjunto de escritoras desde un punto de vista historiográfico. Coincidencias, de acuerdo con lo que propone Rodríguez, aspira a poner orden en el recuento de las escritoras y de sus obras: “El ejercicio comparativo propició una lectura de autoras injustamente olvidadas cuyos méritos no siempre son inferiores a los de autoras que han llegado a formar parte del canon literario mexicano...” (p. 17). Más allá de la comprobación de esos grandes olvidos, y de constatar la penosa forma en que han circulado y en que han sido muchas veces editadas sus obras, Coincidencias es un estudio crítico que favorece la memoria e incita la curiosidad: “Si estas páginas contribuyen a despertar algún interés en su lectura, el propósito de este trabajo quedaría ampliamente cubierto” (p. 17). Las aspiraciones de la crítica literaria, como quehacer necesario, deberían seguir, entre otras sendas, este noble camino.





Referencia
Hans Robert Jauss, “La historia de la literatura como provocación de la ciencia literaria”, en La historia de la literatura como provocación, trad. José Luis Gil Aristu, Península, Barcelona, 2000, p. 137.

Notas al pie:

1.

fn1Hans Robert Jauss, “La historia de la literatura como provocación de la ciencia literaria”, en La historia de la literatura como provocación, trad. José Luis Gil Aristu, Península, Barcelona, 2000, p. 137.


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