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Gabriela Nava, Los tres rostros de la plaza pública en el “Quijote”

Nieves Rodríguez Valle*

Nueva revista de filología hispánica, 2016


Los estudios sobre el Quijote, a pesar de su abundancia, siguen sin agotarse. Prueba de ello es este libro de Gabriela Nava , tristemente fallecida hace poco, quien presenta una nueva lectura del texto cervantino que consiste en enfocar desde una perspectiva crítica la conceptualización de ciertos lugares como espacios carnavalescos, los cuales dejan de ser marcos de la acción narrativa para convertirse en categorías simbólicas que enriquecen la obra profundamente. Dividido en cuatro capítulos, el estudio comienza por establecer el marco teórico en que se insertarán los comentarios de la autora sobre la realidad cultural del carnaval. Luego siguen tres capítulos en los que analiza aspectos carnavalescos de tres espacios claramente definidos en que se desarrolla la acción del Quijote: el espacio público y festivo de plazas y ventas, el palaciego de la corte de los Duques y el de la ínsula Barataria.

Don Quijote es un caballero andante y, por eso mismo, un viajero, llamado a acudir en auxilio de damas que sufren entuertos. El código caballeresco defendido y seguido en la intención por el hidalgo al pie de la letra, implica una forma de vida que cuenta con accesorios tan indispensables y tan simbólicos como la cabalgadura. Como explica Llul, la cabalgadura se da a alguno

en significación de la nobleza de corazón, y para que a caballo esté más alto que cualquier otro hombre, y sea visto de lejos, y tenga más cosas debajo de sí, y antes que nadie cumpla con todo lo que conviene al honor de la caballería… Al caballo se le da freno, y a las manos del caballero se les dan riendas, para significar al caballero que, por el freno, refrene su boca de hablar palabras feas y falsas, y refrene sus manos que no dé tanto que tenga que pedir ni sea tan atrevido que de su atrevimiento expulse la cordura. Y por las riendas entienda que él debe dejarse llevar a cualquier parte donde la orden de caballería lo quiera emplear o enviar1.

En el Quijote, el camino real por el que el caballero andante se desplaza (junto con su caballo y su escudero) está ocupado por espacios abiertos, subterráneos, marítimos o cerrados, en los cuales es llamado a la aventura, pues el eje articulador de su historia, como lo llama la autora, es “errancia, búsqueda y aventura” (p. 9). Los tres espacios que Gabriela Nava estudia son altos en el camino, donde el caballero desciende del caballo y entra en contacto con otras personas. En términos narrativos, estos espacios, que la autora denomina contramundos, permiten a Cervantes introducir los mecanismos carnavalescos para subvertir, destruir y renovar la realidad. En palabras de Nava:

Al interior de las ventas, el palacio ducal y la ínsula Barataria, los múltiples personajes logran de manera singular desasirse de las identidades que los atan. Se despierta así una solidaridad adormecida, la cual conduce a que todos tomen parte de las acciones festivas. Así, pues, la conjugación de las diversas manifestaciones festivas (coronaciones-destronamientos, mascaradas, banquetes, tundas, contrarrituales) sumadas al ambiente de igualitarismo permiten interpretar a las ventas, el palacio ducal y la ínsula como símiles de la plaza pública (pp. 11-12).

En el primer capítulo la autora aborda el concepto de cultura del que parten los recientes estudios del carnaval en la literatura, a la vez que destaca la importancia del concepto de caos-carnaval como rito regenerador, cuyas características se repasan puntualmente en el texto: el caos creador, la ambivalencia creadora, la celebración de lo material y lo corporal, la entronización del rey bufo, la violencia, el contrarritual, etc. De esta manera deja perfectamente definido un elemento clave de su marco teórico que, por otra parte, puede servir para muchas otras investigaciones. Cierra el capítulo situando el carnaval en el horizonte particular del Siglo de Oro y en el contexto específico de la obra magna cervantina.

A partir del segundo capítulo, el libro se centra en el análisis de la plaza pública y sus características carnavalescas en el Quijote, y se va descubriendo para el lector los matices, los rostros o las transformaciones que este espacio cobra en la pluma cervantina: el espacio público festivo de la venta-plaza, el desplazamiento carnavalesco al palacio ducal y el espacio en la ínsula Barataria. El comentario tiene grandes aciertos, como el de señalar que la restauración de un caos es el propósito principal de don Quijote; el análisis lleva a la conclusión de que el carnaval es también un caballero que pretende restablecer un orden, y a la intuición de que la obra encarna la conciencia de un mundo que debe cambiarse, una conciencia crítica.

La autora nos explica que la venta-plaza, este lugar real en que se hospedan y alimentan viajeros de todo tipo de condición social, nos permite observar a los miembros de la sociedad como una comunidad, por lo que se le puede considerar un espacio equivalente a la plaza pública, como un escenario carnavalesco presidido por un espíritu de liberación y subversión (p. 54). El análisis que propone Nava nos lleva a reflexionar sobre el mundo al revés de la venta-castillo, el banquete inaugural, la burla, la jocosa degradación del poder en escena, las mascaradas colectivas con su universo de falsas identidades y disfraces, los tracistas del mundo al revés (el cura y el barbero inventores de ficción) y la transformación de la venta en espacio teatral; sobre el rito de la regeneración del orden, apartado que nos permite una visión nueva y clara sobre el sentido de la batalla de los cueros de vino; sobre la fuerza regeneradora de la violencia, la risa que mata y rejuvenece al mundo, y la violencia no sólo física, sino verbal; sobre el acto lúdico de volver a nombrar el mundo y sobre los juegos lingüísticos que abarcan desde la tontería hasta el insulto.

En el carnaval ducal, donde lo carnavalesco se desplaza al palacio, la reflexión de la autora nos lleva a los rituales inaugurales en el castillo-plaza, a la subversión del orden cuando es el escudero quien debe superar las pruebas para el desencanto de la dama de su amo, y a la transformación del casto y fiel caballero en sujeto que deja tentarse por la concupiscencia, para luego mostrarnos la espectacularidad y la teatralidad en la construcción del mundo festivo, en las mascaradas, ahora palaciegas, y en los nuevos tracistas (ahora los duques, cuya única finalidad es la diversión y no como en los casos anteriores, conseguir que el hidalgo regrese al hogar), lo mismo que en los orquestadores: Altisidora y el mayordomo. La regeneración la observa Nava en la historia de la dueña Dolorida y la aventura de Clavileño, que lleva a don Quijote a emprender otro viaje, ahora en un plano encantado, sobre un caballo de madera, viaje que, según Nava, cabría interpretar como un momento en que se restaura “el orden -no real sino el simulado, por ser el carnavalesco- en el espacio del Caos” (pp. 130-131). Así, “el Carnaval palaciego se erige como una enorme farsa montada para engañar a don Quijote y divertir a los duques. Sin embargo, la ambivalente fuerza carnavalesca expondrá la relatividad de la verdad tanto en los principios del caballero manchego como en el mundo ducal” (p. 132).

El tercer y último espacio se dedica a la ínsula Barataria como antípoda del mundo oficial. Ahí convergen la utopía del carnaval y la de la Edad de Oro: la ausencia de normas en una, el reino sin guerras, sin esclavitud, sin propiedad privada y sin clases sociales, en la otra. El “regreso al mundo binario (Caos-Edad de Oro) puede observarse durante el Carnaval celebrado en la ínsula Barataria” (p. 133), nos dice la autora. Su interpretación se fija primero en Sancho Panza, convertido en Momo, un gobernante bufo, cuya vestimenta semeja a la de los locos de Antruejo. Luego se ocupa de la ínsula, como antípoda burlesca de la sociedad; de la dieta cuaresmal del gobernante Carnal, del ritual de su destronamiento, del final con Sancho y el rucio cayendo a la sima, episodio que supone una vuelta al origen, al “ciclo de nacimiento-muerte-resurrección, base de la ambivalencia carnavalesca” (p. 153). Como comenta la autora: “La energía carnavalesca en el gobierno al revés de Sancho Panza permite a la colectividad, no solo a su representante carnal, descontruir y reconstruir burlescamente el mundo oficial” (p. 156). Y así llega a la siguiente conclusión: “En los espacios festivos germina la semilla carnavalesca. Las ventas, el palacio y la ínsula conforman una tierra propicia para que se lleve a cabo el ciclo vital del Carnaval, cuya muerte es nada menos que el renacimiento del mundo ordenado” (p. 160).

De este modo, al estudiar estos tres rostros de la plaza pública, el libro de Gabriela Nava nos ofrece una lectura muy instructiva de otros tantos puntos estratégicos en la novela de Cervantes. Por la estructura que la conforma, por los análisis que nos brinda, por la metodología que sigue, es una obra que muy bien podrá convertirse en un referente obligado para futuros estudiosos no sólo de Cervantes, sino también de la literatura caballeresca y del carnaval. El volumen cuenta, además, con una bibliografía final que por sí misma constituye una rica y sugerente fuente de consulta.





Referencias
Llull, Ramón. Libro de la orden de caballería (1275), Alianza, Madrid, 2000, p. 75.

Notas al pie:

1.

fn1Ramón Llull, Libro de la orden de caballería (1275), Alianza, Madrid, 2000, p. 75.


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