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Rafael Olea Franco (ed.), El legado de Borges

Wilfrido H. Corral

Nueva revista de filología hispánica, 2016


Se puede afirmar sin mucho riesgo que la gran mayoría de los trece estudiosos que contribuyen a esta necesaria compilación tiene plena conciencia de que la dimensión de la esperanza de cada especialista en Borges sólo aumenta con la aparentemente inagotable profusión de análisis sobre su autor, y siempre será así. A la vez, en términos generales y considerando los varios niveles de experiencia y pericia, estos colaboradores saben que ya es un cliché acudir a la noción de que la fábrica académica a veces produce libros sobre los libros en torno a los libros de Borges. He ahí la sapiencia de la diversidad y novedad que ha aplicado Rafael Olea Franco al armar este estupendo volumen en que abundan nuevos descubrimientos, ideas, nombres, sugerencias, temas y, en particular, correcciones y nuevos enfoques.

Si es cierto, como apunta Olea Franco en la breve nota editorial, que éstos son artículos académicos especializados, también es indudable que lo que define a El legado de Borges es precisamente distanciarse de lo que hasta fechas recientes ha definido la recepción de Borges y sus obras. Como afirma Augusto Monterroso en “Beneficios y maleficios de Jorge Luis Borges” (Movimiento perpetuo, 1972), así como es benéfico “pasar a su lado, regresarse y seguirlo durante un buen trecho para ver qué hace”, es maléfico “pasar a su lado, regresarse y seguirlo para siempre”. Monterroso, quien descubrió a Borges en 1945, asevera que el gran inconveniente es imitarlo, lo cual es a la vez irresistible e inútil, y ése es el problema que está detrás de uno de los mejores artículos de este libro, “La traducción en el Borges de Bioy: una mirada lateral sobre la institución”, modesto título de Patricia Willson. Digo “modesto”, porque más que sobre la traducción, Willson, autora de otros ensayos valiosos sobre esa práctica, en verdad también comenta la recepción de Borges entre autores y críticos jóvenes (p. 220), como Alan Pauls quien, junto a Guillermo Martínez (ausente en este artículo), es uno de los pocos autores que se ha manifestado con autoridad y contundencia, y principalmente sin el peso del pasado o la angustia de la influencia borgeana. Según Willson, la mayoría de las entradas del Borges de Adolfo Bioy Casares

convierten la elección de una palabra por parte de un traductor en motivo de escarnio, de perplejidad, de admiración; en todo caso, de incesantes, directos y a veces graciosos juicios de valor. Que todo eso fuera lo que verdaderamente opinaba Borges queda refrendado por el recurso permanente de Bioy al discurso directo, lo cual convierte estos diarios en un testimonio contemporáneo y verosímil de cada fragmento de diálogo borgeano (pp. 239-240).

En el texto mencionado, Monterroso afirma que el encuentro con Borges no sucede nunca sin consecuencias, y entre las benéficas registra preocuparse por el infinito y la eternidad, anotando (a punto seguido) que es maléfica la de creer en el infinito y la eternidad, creencia análoga a la del crítico obsesionado con un don para lo obvio en la historicidad en Borges o en producir una crítica irrefutable sobre el autor. Aquéllos terminan reciclados como Murdock en “El etnógrafo”, que graba pero no estudia. Hace casi medio siglo, en una nota en Sur, Sylvia Molloy hablaba acertadamente de la distancia que hay que asumir al leer a Borges, abogando por la irreverencia como respeto. No pocos críticos de Borges han supeditado esa necesidad, y los latinoamericanos de El legado de Borges exponen por qué y cómo.

Así, en el séptimo artículo de la compilación, “Una declaración final borgeana: «Aspectos de la literatura gauchesca» como una propuesta de relectura genérica”, Alejandra Amatto cumple perspicazmente con cualquier exigencia imaginable para leer benéfica y novedosamente a Borges. Más que volver al canon borgeano sobre la gauchesca, se dedica a examinar exhaustivamente un folleto de 35 páginas, publicado en la revista uruguaya Número en 1950. Y más que entretejer fuentes y estudios sobre ese artículo, o explicar consideraciones casuísticas, Amatto rastrea relaciones textuales desconocidas o pasadas por alto, específicamente la conexión entre “Aspectos de la literatura gauchesca” y “Poema conjetural” (pp. 140-148). Se trata, a la larga, de un convincente estudio genético que contiene la plusvalía de partir de algunas premisas de Ángel Rama en torno a la gauchesca (pp. 127-128). Además, entre ese comienzo y sus conclusiones, Amatto repasa y corrige de manera fascinante lo trascendente de la tradición crítica en torno a la gauchesca (pp. 138-140), justificando la amplitud de las afirmaciones de Borges acerca de autores como el canónico José Hernández y Antonio Lussich.

Los artículos de Willson y Amatto son emblemas de la pátina y los palimpsestos de que se ocupa El legado de Borges, renovando perspectivas, aun cuando alguno se ocupe de textos que a primera vista parecen agotados por la crítica. El excelente artículo de Aníbal González, “El otro teólogo: Borges, la «muerte de la novela» y «El Aleph»”, tercero de la colección, corrige esa expectativa. Para González, Borges privilegia una “teología literaria” junto a su atención al “alto modernismo” anglófono. Con esa premisa urde un extenso y erudito tejido cabalístico (pp. 58-60), sosteniendo que “la crítica borgesiana de la intrascendencia vanguardista es particularmente severa en lo referente a la novela” (p. 53), con saltos hacia adelante que frecuentemente acuden a la psicología de la novela o a los planteamientos ensayísticos de Borges sobre ese género (pp. 64-71). No obstante, convence menos que el Aleph borgeano se convertiría en “el núcleo de la «novela total» del Boom” (p. 73, énfasis mío). Tal vez sea más pertinente para la teología literaria de Borges pensar en otros dictámenes suyos, en particular en una de sus últimas notas, “Argumento de una novela que no escribiré” (1983), recogido en Los novelistas como críticos, II (F.C.E., México, 1991).

Si González exhibe la pulsión de dedicarse a un tema diferente, sus colegas no hacen menos, y así Arturo Echavarría, reconocido lector de Borges, se ocupa de la ausencia de bibliotecas en los cuentos de El informe de Brodie. Sin recurrir a Walter Benjamin, la lectura de Echavarría es social, enfoque que el crítico considera poco velado en el lenguaje borgeano frecuentemente alusivo y ambiguo. Consecuentemente, desarrolla la noción de que “la piedra fundamental en la que figurativamente se apoyan casi todos los cuentos de El informe de Brodie es la siguiente: el libro en su conjunto es una crítica sostenida y muy severa de los diversos estamentos que componen la sociedad argentina” (p. 104). De ese desarrollo se desprende su conclusión de que el argentino nunca vivió en una torre de marfil (p. 111), sin tener que polemizar con la crítica fundacional que, como se confirma fácilmente, nunca sostuvo que fuera ahistórico, consciente de que con su primera publicación el Borges meramente textual se perdió para siempre.

El impulso de superar lo consabido por la crítica borgeana también caracteriza el interesantísimo breve ensayo de Edna Aizenberg, “«Borges no puede imaginar en castellano»: polémica y recepciones desconocidas de los años hitlerianos”, el penúltimo de la colección. Aizenberg, comprobada experta en los avatares de esa temática, lleva a cabo una notable excavación de fuentes, sin metamorfosear sus exámenes anteriores, con fina concisión interpretativa. En su micro-lectura, o lectura atenta si se quiere, Aizenberg se desprende de los horizontes de expectativas respecto a Borges y el tema alemán concentrados en las experiencias de la Segunda Guerra Mundial, la época de Ficciones. Más bien, lo que hace autorizadamente es historizar, y a la vez enmendar, la visión “extranjerizante” atribuida al cuentista, en especial en “Antinazi” (pp. 245-250), segundo de sus cuatro apartados. Para Aizenberg, las credenciales antifascistas de Borges eran impecables (p. 252), y ahora se le debe a ella dejarlo en claro, sobre todo cuando socavar a Borges es el deporte nacional de algunos jóvenes escritores argentinos.

Igualmente novedoso es el artículo comparatista de Gabriel Linares, “Borges y Pound: el espejo del quiasmo”, que es mucho más que “un intento de aproximarse al quiasmo y a la prosopopeya”, tropo este último de la autobiografía, según la propuesta de Paul de Man de la que se parte en el estudio (p. 176). Linares expande el alcance de la “autobiograficción” mediante la traducción (otro tema indeleble en este libro), enhebrando la inevitable imperfección de ésta con los comentarios siempre vigentes de Borges sobre las versiones homéricas (pp. 172-175). Una vasta y exhaustiva erudición siempre complementa la claridad de expresión de este crítico, aquí en torno a Ezra Pound, implícita y explícitamente el autor que Linares considera el par del argentino. En última instancia, este crítico muestra la insuficiencia de cotejar autores en términos de sus traducciones, porque en el caso del estadounidense y del argentino se las entiende mejor con base en sus conceptos complejos, como se desprende definitivamente del estudio de Linares.

Fieles a las coordenadas conceptuales de El legado de Borges, son reveladores los artículos de Daniel Zavala Medina (“Una lectura de «La muerte y la brújula» en el contexto de Los mejores cuentos policiales”) y Liliana Weinberg (“Las mil y una noches del libro”). El giro de ambos es más textual que histórico-literario, y si la originalidad de Zavala Medina yace en su recorrido y en ver la práctica de Borges en términos de los criterios de selección que empleó junto con Bioy para su compilación de 1943, Los mejores cuentos policiales (pp. 80-86), la de Weinberg yace en superar las acostumbradas comparaciones o lecturas de Borges a partir de sus pares “universales”. Weinberg, experta en la prosa no ficticia, interpreta las lecturas de Orhan Pamuk para concretar lo que sin riesgo se podría calificar de “orientalismo” en Borges, mientras que Zavala Medina privilegia contextos decididamente occidentales para esclarecer “la apología borgeana de ciertos mecanismos de recopilación” (p. 96), a la vez que la contundencia de sus títulos (p. 97). Ambos procederes parecerían destinados a especialistas, pero el entusiasmo y lógica de ambos críticos, especialmente de Weinberg, supera con creces cualquier adhesión metodológica.

Aunque relacionado con el tema de Weinberg, mención aparte merece “Jorge Luis Borges y el islam”, en que Luce López Baralt, con acostumbrada inteligencia y recurriendo a su práctica fundacional con textos islámicos, revela exhaustivamente las razones del desconcierto de los críticos ante las imágenes islámicas de su autor. Se concentra en “La busca de Averroes” y “El Zahir”, no para explayarse sobre fuentes, sino para confirmar el trasfondo místico del simbolismo binario borgeano (p. 181). Hasta ahí, López Baralt se circunscribe a corolarios del legado crítico. Pero el resto de su magistral artículo se convierte en una espléndida lección sobre cómo interpretar lo que falta por dilucidar en el maestro. A veces narrando, a veces exponiendo detalladamente, López Baralt replica los repliegues culturales y metafísicos que observa como “hermandad” para la victoria de la literatura (p. 189). Pero las claves islámicas ayudan más, sigue, para la comprensión de relatos como “El Zahir” (pp. 190-192), por contener una peregrinación superior al binarismo que hace nuestra la tradición original que nos llega en una primera lectura.

Respecto a primeras lecturas, y como polos necesarios para la conceptualización y la actualización del legado crítico que el prosista sigue generando, he dejado para el final el artículo con que se abre la compilación, “El maestro y el discípulo. Rafael Cansinos Assens, lector del joven Borges, ensayista”, de Antonio Cajero Vázquez, y el último, “Sobre la difusión de Borges en el mundo”, del editor Olea Franco, de por sí autoridad en el primer Borges. Si Cajero Vázquez refrenda con creces la actitud generalizada de mencionar respetuosamente al maestro Cansinos Assens sin precisar su relación con la obra de Borges, Olea Franco cumple con el gran desafío de sopesar los entretelones de la complicada difusión mundial del homenajeado. Cajero Vázquez desmenuza cuidadosamente las reseñas que hizo Cansinos Assens de Borges, arguyendo que el gran políglota sevillano elabora su crítica por acumulación (pp. 19-20), pero escudriñando regularidades, anotando reproches (pp. 20, 23, 25). Es decir, tal vez fue su primer crítico objetivo.

Por su parte, Olea Franco presenta una cronología comentada de la vida y obra de Borges, pero incluye correcciones y hace descubrimientos que las biografías más conocidas han obviado, apoyándose en el autoplagio del sigiloso maestro (p. 263). Es verdaderamente sobresaliente el apartado dedicado a la recepción mexicana del prosista, centrado en Fuentes y Monterroso (pp. 266-270), en que se distingue brevemente la inserción de su obra en otras lenguas (p. 271) por el evidente contrapunto de reinscribir la literatura de Borges dentro del espacio cultural hispanoamericano (p. 272); precisamente, esta compilación puede leerse en ese sentido. Y si la realpolitik crítica de Borges es un convidado de piedra en El legado de Borges, por trillada, la crítica renuente al respecto sigue sin acatar un axioma pleonástico de Jacques Rancière, quien al hablar sobre comunidad y separación estéticas mantiene que la política de la literatura no es la política de los escritores.

Me he concentrado en las lecturas “frescas” que por su rigor, falta de auto-citas e independencia ante metodologías del último grito -como las de Borges. Cinco especulaciones (2015) de Pablo Brescia- terminan ofreciéndonos un Borges para el siglo actual, sin necesidad de recurrir al proverbial “otro libro sobre Borges”, y por ende justificando la meta de Olea Franco de ofrecer “trabajos que analizan aspectos de la literatura borgeana relativamente poco estudiados” (p. 9). Si Mario Vargas Llosa ha reconocido la vigencia del legado de Ana María Barrenechea para los estudios borgeanos, El legado de Borges comprueba que las sutilezas de similares exégesis pueden ser revisitadas, especialmente en un momento en que el agotamiento de varios métodos culturalistas es evidente. Sin ser su intención, este libro se adhiere al ideario de Edward Said, quien abogó tardíamente por un humanismo democrático basado en una filología que no connotara el paraíso del pedante, y vale notar la reactivación actual de una filología nada rancia. A mediados de los noventa surgen varios mea culpa crítico-teóricos primermundistas. Pero cierta crítica borgeana sigue tautológicamente colonizada, sin ideas propias o sin disputar las recibidas. El legado de Borges patentiza que no hay de qué preocuparse.

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