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Asunción Rangel, La pulsión por el viaje de José Emilio Pacheco: su periplo al romanticismo

Carmen Alemany Bay*

Nueva revista de filología hispánica, 2016


Un año antes del fallecimiento del escritor José Emilio Pacheco, Asunción Rangel publicó en la Universidad de Guanajuato un ensayo que versa sobre algunos referentes poéticos del autor de Tarde o temprano. El libro procede de su tesis doctoral, de título homónimo, defendida en la UNAM en 2011. El comentario que hace en el capítulo 3 de un fragmento de “El segundero”, de Irás y no volverás (palabras que también presiden la contraportada), nos procuran una leve idea de lo que el lector podrá encontrar en el estudio. Ahí se destaca que la poesía de Pacheco, colmada de un anhelo de infinitud, cuya concreción conduce inevitablemente al fracaso, intenta de manera perpetua sobreponerse al debilitamiento e imperfección progresivos de un estado de cosas, como la memoria, y a las heridas que tal decadencia produce. Su escritura “se aventura a surcar los mares de la tradición, de la memoria. Su arribo se hará a la isla o al desierto y el momento de la recalada será primordialmente nocturno” (p. 117). Lógicamente, estamos ante una síntesis de lo que Rangel desarrollará de manera lúcida y elocuente a lo largo de estas páginas. También el título resume, aunque creemos que parcialmente, lo que la estudiosa nos mostrará en su ensayo. Y digo parcialmente porque estas páginas van más allá del tema del viaje, o del periplo romántico, aunque ambos vectores formen parte de su argumentación y el romanticismo poético sea un elemento unificador. La autora nos demuestra un vasto conocimiento de la obra poética de Pacheco, lo que le permite ir y volver de una obra a otra, de un verso a otro para ejemplificar de manera solvente aquello que intenta demostrar. El resultado es, más allá de lo que el título nos indica, una reflexión sobre la propia escritura que al fin y al cabo es el gran tema poético -metapoético- de José Emilio Pacheco.

Tras la “Introducción” y los “Preliminares”, el ensayo se estructura triádicamente; tres capítulos forman el cuerpo del trabajo y desembocan en una “Coda”, en un compendio que actúa a modo de resumen. En la “Introducción”, Rangel propone a José Emilio Pacheco como homo viator, una idea que Rafael Argullol desarrolló en Enciclopedia del crepúsculo para referirse a “escritores viajeros”. El catedrático de Estética apuntaba en aquellas páginas la importancia que en el desarrollo de la cultura ha tenido el homo faber, el homo ludens y el homo sapiens, pero también el homo viator, gracias al cual ha habido un rico intercambio de culturas, de influencias. Pacheco, al entender de Rangel, sería uno de esos escritores que está abierto a las diversas influencias culturales para reinterpretarlas y enriquecer de modo sustancial su propia cultura, idea que nos parece acertada y original para calificar a este escritor que supo asumir con atino e inteligencia esa cultura heredada para darle un nuevo aliento. Es en estas páginas en las que la ensayista nos adelanta, con suma claridad, aquello que desarrollará en los capítulos ulteriores -el objetivo y la finalidad de cada uno de los apartados que componen el libro-, para cerrar con la intencionalidad que persigue La pulsión por el viaje de José Emilio Pacheco: “este libro busca señalar, y más que eso, indagar y descubrir las conexiones o vínculos que la poética de Pacheco tiene con la tradición romántica en aras de mostrar que en su travesía por el romanticismo, José Emilio se trasminó del indispensable culto a la sensibilidad y a la pasión, del lenguaje de los sueños, de los símbolos y de las metáforas que es, sin duda, el lenguaje de la poesía, no el de la razón” (p. 20).

El primero de los capítulos versa sobre “El nomadismo poético de José Emilio Pacheco”, que a su vez se divide en dos partes. En la primera (“El viaje a lo propio”), la estudiosa se instala en dos de los referentes poéticos de Pacheco, Ramón López Velarde y José Carlos Becerra. Son estos dos poetas, tan caros al autor de La arena errante, los que servirán de bastiones para explicar cómo esa raigambre poética que está en Pacheco procede en parte de la propia poesía mexicana, de autores como los citados a los que Pacheco dedicó su atención de forma divergente. De López Velarde tomará la hojarasca y el otoño, metáforas que fueron intrínsecas a la producción de este poeta; de Becerra recogerá la manera de proyectar sus islas, sus otoños. La segunda parte (“El viaje a lo ajeno”), en cambio, tendrá como referentes a Heráclito y a Lautréamont, a propósito de El reposo del fuego. A este apartado seguirá un epígrafe dedicado a T.S. Eliot, quien configuró la poesía de manera menos ortodoxa al incluir lo conversacional de forma magistral en lo poético y que tanta repercusión tuvo en la poética latinoamericana en la década de los sesenta. Esa cultura ajena a la que acude el poeta mexicano significa, aunque pueda parecer paradójico, un acto de conocimiento de lo propio, una forma de enriquecer la propia tradición. En definitiva, este conjunto de páginas nos muestra el diálogo que la obra de Pacheco entabla con escritores de distintas tradiciones literarias.

En el capítulo segundo, la autora se interna en las metáforas esenciales de la poética pachequiana como lo son, entre otras, el mar, la noche, la isla y el desierto en tres de los libros cruciales de la poética del autor: Islas a la deriva, Los trabajos del mar y La arena errante. Aquellas metáforas, que siempre derivan en imágenes, son cruciales no sólo para el poeta, sino también piedras angulares del romanticismo, como bien se sabe. El análisis va pasando por esos símbolos hasta desembocar en el epígrafe “El infatigable designio de la escritura poética”. Éste, que cierra el capítulo segundo, nos clarifica aquellas ideas que Rangel ha ido desmenuzando en páginas antepuestas llegando a la conclusión de que “el mar es la tradición de la que se nutre la poesía, y la travesía por él será primordialmente nocturna; y el arribo a la isla o al desierto es una manera de referirse a la consecución del poema” (p. 113).

La tríada se clausura con otras dos figuras referenciales: los mitos de Crono y Sísifo a los que Pacheco recurrió en algunas ocasiones. La combinación de esta dupla sirve a la autora para demostrar la voluntad del poeta en la conciliación de estos mitos aparentemente antagónicos. Asimismo, el círculo textual se cierra con una “Coda” que lleva por título “Y llegar al final es llegar al comienzo”, palabras que encajarían con una cita de Rafael Argullol que encabeza el libro y dice así: “El enamorado de las islas y de los puentes es el verdadero nómada: él no halla satisfacción en el permanecer sino en el llegar y en el partir, actos supremos de la fugacidad y, por tanto, los únicos capaces de combatir la fugacidad de la existencia”, afirmación que sin duda coincide con el latir poético del escritor mexicano. La moraleja del libro bien podría resumirse en que para José Emilio Pacheco, pero también -decimos nosotros- para tantos otros poetas, escribir es un viaje metafórico y la poesía, un “cuaderno de escritura” que se compatibiliza con esa imagen posible del “cuaderno de viajero”.

La pulsión por el viaje de José Emilio Pacheco de Asunción Rangel es un libro bien construido, didáctico en ocasiones porque la autora continuamente nos señala las pautas que pretende seguir, las desarrolla hábilmente y concluye con todas aquellas ideas que ha ido exponiendo previamente. Asimismo, analiza con rigor los baluartes del romanticismo y de qué manera se presentan en la obra poética del escritor mexicano. Pero el ensayo, hacíamos ver en las primeras líneas, sobrepasa lo que se nos anuncia y nos ofrece algunas claves más de la rica poética del autor de Islas a la deriva. Sin embargo, no queremos dejar de señalar un aspecto que sin duda hubiese nutrido el libro, y es que la autora, como el lector bien puede comprobar en la bibliografía, ha acudido a pocas fuentes bibliográficas sobre Pacheco; gran parte de ella hace referencia a aspectos filosóficos o de estética artística. Son numerosos los estudios que en la última década se han publicado sobre el escritor mexicano y por ello se echa en falta un diálogo crítico en las páginas del ensayo. Además, algunos de los aspectos abordados en él ya habían sido tratados por la crítica con la misma habilidad que nos ha mostrado la autora al defender sus argumentos.

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