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Miguel Martínez, Front lines. Soldiers’ writing in the Early Modern Hispanic world. University of Pennsylvania Press, Philadelphia, 2016; 309 pp.

Paola Encarnación Sandoval

Recibido: 09-09-2018; Aceptado: 02-12-2018

Nueva revista de filología hispánica, 2019 Jul 1


El estrecho vínculo entre las armas y las letras es, desde los textos clásicos al presente, uno de los asuntos más queridos y fecundos para nuestra tradición literaria. Como tantos otros temas y problemas, la literatura retoma de la realidad histórica materia propicia para elaborar y reformular obras, personajes y reflexiones en torno a este tópico. Así, en un diálogo constante con la historia política y social de la España renacentista, este libro de Miguel Martínez revela -en más de un sentido- aristas sorprendentes y poco exploradas de la relación de los soldados con el discurso literario de esta época.

Front lines es un estudio puntual y riguroso de las prácticas literarias vinculadas con la experiencia de la guerra y, sobre todo, ofrece una perspectiva novedosa sobre el influjo decisivo que tuvieron en la cultura de los Siglos de Oro. Una de las aportaciones más significativas de la obra consiste en tejer acertadamente la conflictiva realidad social del momento con un discurso de la guerra que no era el oficial, sino aquel contado por los soldados de más bajo rango, aquellos que padecían hambre y frío y para quienes la guerra no era manifestación de heroísmo nacional, sino una forma de ganarse la vida. Este discurso alterno, el de la colectividad de soldados de rangos inferiores, fue ganando fuerza en los espacios públicos hasta representar una verdadera amenaza para el discurso oficial y para el orden social. Éste es el panorama que presenta el autor con el propósito de resolver inquietudes que abarcan desde el aspecto material del discurso de la guerra y los mecanismos de creación, consumo y distribución de productos literarios en la vida cotidiana de los soldados, hasta las contradicciones que estos discursos alternos generaron respecto a las versiones oficiales de la guerra. El eje argumentativo que articula el trabajo de Miguel Martínez es que la escritura de los soldados representó una vía para cuestionar públicamente el sentido, el significado y las repercusiones que las empresas bélicas imperiales tuvieron en los individuos que libraban esas batallas.

La obra está dividida en cinco capítulos y un breve epílogo. La estructura de Front lines es interesante debido a que cada uno de los apartados se concentra en problemas específicos relativos al discurso soldadesco (el circuito mercantil de literatura sobre “cosas de la guerra”, la representación de la guerra en el Nuevo Mundo y el lugar de los soldados en el discurso público, por ejemplo) y, en este sentido, cada capítulo tiene su propia lógica y una muy notable cohesión interna que brinda la posibilidad de una lectura particularizada. No obstante, la progresión en la lectura constituye también una experiencia enriquecedora y acumulativa en la medida en que permite al lector establecer relaciones significativas entre las cuestiones materiales del mercado literario y las de raigambre más ideológica, como la rebeldía que los soldados manifestaban en sus testimonios escritos, por mencionar una posibilidad.

Antes de ahondar en cada uno de estos capítulos, conviene señalar que la aproximación a los textos de los soldados es uno de los componentes más atinados de la obra, pues pone de manifiesto la necesidad de incorporar los conocimientos de otras disciplinas a los estudios literarios para entender genuinamente las resonancias de los fenómenos culturales en otros ámbitos del pensamiento. Así, Martínez ofrece un análisis minucioso del contexto literario de la época, pero también del ambiente social, histórico y político de la España aurisecular, con lo cual nos aproxima a la comprensión de las complejas relaciones de los soldados con los discursos literarios.

Con estos elementos, el autor establece en las primeras páginas una idea fundamental para toda la obra: “the Icarian logic of soldierly writing” (p. 8), concepto en el cual el mito es vía para comprender un peculiar fenómeno social y literario caracterizado por el ánimo audaz y desafiante de unos soldados que, contra todas las expectativas, desequilibraban los discursos oficiales con sus prácticas de lectura y escritura. Esta idea -que atraviesa de forma inminente cada apartado del texto- contribuye a quebrantar la noción idealizada de una eterna armonía entre las armas y las letras (al estilo del célebre discurso sobre este asunto en el Quijote) y muestra, en cambio, las contradicciones y vacíos que en la vida real suponía este vínculo.

El primer apartado de Front lines, “The soldiers’ Republic of Letters”, trabaja sobre dos ejes: por un lado, analiza algunos aspectos materiales y sociales relativos a las prácticas de lectura y escritura de los soldados; por otro, reflexiona sobre la forma en que estas prácticas los perfilaban como una amenaza latente para el orden social del Imperio. En principio, un elemento revelador de este capítulo consiste en que la caracterización de lo que el autor denomina “la república de soldados letrados” (p. 1) está determinada justamente por la familiaridad de estos sujetos (en su mayoría artesanos, campesinos, jóvenes desempleados…) con las prácticas de lectura y escritura; y es que es una creencia profundamente arraigada y poco fundamentada la de que las clases sociales bajas no tenían acceso a la cultura. Sin embargo, como muestran las cifras en este capítulo, un porcentaje importante de la milicia en el siglo XVI e inicios del xvii no sólo tenía la instrucción básica de lectura y escritura, sino que gustaba de pasar los tiempos de ocio leyendo sobre las “cosas de la guerra” (p. 4), ya fuera en algún ejemplar de La Araucana (pues la imprenta había ampliado el acceso a materiales impresos) o en textos autobiográficos en pliegos de cordel.

De la mano de la lectura se encuentra necesariamente la escritura, y en este sentido, Martínez enfatiza cómo la guerra representó un espacio propicio para que los soldados se convirtieran en protagonistas de sus propias historias y que contaran la crudeza y realidad de la experiencia bélica en términos cotidianos. Así, la escritura se convirtió también, como señala el autor, en procedimiento para legitimar el lugar de los soldados en estas empresas imperiales mediante testimonios con que clamaban haber vivido en carne propia las vicisitudes de la guerra. Hacerse de una voz que los representara públicamente en estos textos condujo también a la creación de la identidad colectiva (que será retomada en apartados sucesivos). La lógica del capítulo anticipa desde el principio que la escritura soldadesca se configuró como retrato de una vida poco honorable: peleas, apuestas, prostitutas, blasfemias y maldiciones al rey impregnaron los discursos escritos y orales de esta peculiar república de soldados letrados. Para Martínez, estos rasgos de los testimonios soldadescos forman parte de la bizarría propia de los militares de bajo rango en la época: una manera de construir su imagen pública de acuerdo con valores transgresores que los perfilaran como sujetos envalentonados, galantes, arrogantes y dueños de un discurso oral y escrito capaz de suscitar desorden social e, incluso, motines.

Sin dejar de lado el influjo del ámbito social en la cultura literaria de los soldados, el autor avanza hacia reflexiones más específicas sobre géneros literarios y verosimilitud en el capítulo 2, “The truth about war”. El apartado arranca de modo sugerente: la idea de “la verdad de la guerra”, en la que de nuevo resulta imposible comprender las contradicciones en los discursos literarios si no se consideran las de la propia realidad. En este sentido, Martínez pone sobre la mesa un asunto crucial: el hecho de que el concepto de guerra había sufrido una transformación decisiva con la incorporación de la tecnología. Esta revolución bélica reconfiguró un fenómeno encabezado por la aristocracia para transformarlo en uno protagonizado por la masa de soldados profesionales que iban a la guerra por dinero.

Este parteaguas en la concepción de la guerra se refleja indudablemente en la construcción de discursos literarios. El mercado libresco del siglo XVI estaba dominado en buena parte por los libros de caballerías y los textos de tradición italiana, con el Orlando a la cabeza. Estos discursos, llenos de batallas y aventuras heroicas, se difuminaron poco a poco para dar paso a relatos de otra naturaleza, comprometidos con “la verdad de la guerra”, un tipo de discurso que Martínez establece como “la épica de la pólvora” (p. 69). Bajo este concepto tipifica la literatura que rechazaba los modelos culturales propuestos por la caballería y recuperaba, en cambio, el valor testimonial como generador de autoridad discursiva y la idea de camaradería que prevalece en los momentos de guerra. La riqueza mayor de este capítulo consiste en manifestar la complejidad e implicaciones de este nuevo discurso (cuyo máximo exponente es La Araucana, como señala el autor) que no tenía conflicto en demostrar que, en ocasiones, la guerra no sólo era dolorosa, sino incluso una empresa fallida en varios sentidos.

El tercer apartado, titulado “Rebellion, captivity and survival”, ocupa el centro de la estructura del texto y es sumamente relevante porque en él convergen varias de las líneas argumentales de la obra. La lógica del capítulo está centrada en un análisis pormenorizado sobre la forma en que los soldados de los rangos bajos -aquellos que integraban esa república letrada de soldados- reconfiguraron el discurso literario de la guerra, concretamente el concepto de épica. Para establecer esta “reversión” de la épica, Martínez recupera rasgos característicos del género, considerando especialmente el prestigio literario que tiene en la tradición merced a la herencia de los modelos clásicos, que se refleja en el uso de estructuras métricas y estróficas muy rígidas, de lenguaje elevado y grandilocuente, y de la expresión lírica de célebres hazañas.

En contraposición, los soldados apostaron por la prosa autobiográfica para expresar su verdad de la guerra. Según el autor, tales testimonios surgen en la búsqueda de una autoridad discursiva que diera cuenta del lugar crucial de estos sujetos en las empresas bélicas del Imperio y, por ello, en muchas ocasiones, además de erigirse como protagonistas de estas historias, perfilan un concepto sugerente de identidad colectiva. Los relatos soldadescos fundan, pues, una perspectiva de la épica alejada de los modelos consagrados por la tradición y de las versiones oficiales de la verdad de la guerra. Para ello, rompen con el discurso lírico y optan por una narrativa testimonial en la que abundan los rasgos de oralidad en el estilo y el relato de situaciones más vinculadas con la cotidianidad de la vida del soldado que con la visión idealizada y honorable de las batallas perpetuas. El tratamiento que hace el autor de los textos de Baltasar del Hie-

rro para ejemplificar las tensiones genéricas, discursivas e ideológicas de la escritura soldadesca resulta sumamente atractivo e invita al lector a indagar en este corpus todavía no explorado de testimonios de los soldados. Además, al servir como materia para articular el estudio de esta suerte de épica alterna, pone de relieve el hecho de que este personaje sea un preciso ejemplo de “la lógica de Ícaro de la escritura soldadesca” (p. 8) y resalta la firme conciencia de marginalidad y rebeldía que subyace no sólo en las obras de Hierro, sino en las de numerosos participantes de la guerra.

El capítulo 4, “New world war” presenta un panorama muy sugerente sobre la relación de las prácticas discursivas de los soldados con las empresas bélicas en el Nuevo Mundo. Pese al título del apartado, Martínez se concentra tan sólo en la Guerra del Arauco, circunstancia en la que la escritura de los soldados fue elemento decisivo para configurar una visión distinta tanto de la experiencia de la guerra como de la hegemonía del imperio español. La lectura del capítulo deja entrever un peculiar entusiasmo del autor por el fenómeno de la escritura de los soldados en esta coyuntura histórica, y eso se traduce en la selección de testimonios pertinentes y atractivos que mantienen al lector pendiente del análisis del fenómeno.

A lo largo de la obra, Martínez vuelve constantemente sobre el hecho de que la escritura es para los soldados una manera de entender la experiencia de la guerra y es en este capítulo en el que la idea cobra mayores resonancias. Como lo señala en varios puntos, la milicia española se enfrentó a un tipo de ejército cuyos alcances y poderío no habían sido contemplados; y esta circunstancia, en la que los mapuches eran superiores a los españoles militarmente, propició la reversión del discurso épico. Es decir, los relatos de la guerra (en textos como La Araucana y en tratados militares o las cartas referidas por Martínez) fueron el canal para expresar la inevitable inversión en la relación vencedor-vencido: esta vez, los españoles parecían derrotados por unos fieros y estratégicos araucanos, percepción generalizada de derrota que quedó testimoniada para siempre por una multitud de voces soldadescas que luchaban, escribían y comunicaban textualmente la complejidad intrínseca a los procesos colonizadores.

No es gratuito que el libro cierre con el capítulo “Home from war”, pues luego de explorar los conflictos de los soldados escritores en el campo de batalla, desarrolla las implicaciones sociales y culturales del regreso a la patria. El énfasis aquí radica en apuntar que la reincorporación de los soldados a la interacción social de las ciudades españolas -específicamente Madrid- no fue fácil ni mucho menos sutil. Después de vivir en carne propia la guerra, dice el autor, los militares volvían hechos despojos (heridos o mutilados en muchos casos), en una situación económica muy precaria y, por si fuera poco, con una reputación poco confiable, asociada a costumbres propias de la delincuencia urbana de la España de finales del siglo XVI e inicios del xvii. Si bien, apunta Martínez, los soldados se enfrentaban a un contexto complicado para hacerse de una identidad ciudadana respetable y honorable, sus prácticas discursivas orales y escritas llenaron los espacios públicos porque se convirtieron en narradores por excelencia, y su presencia en baratillos y mentideros era indispensable para conocer las minucias de la vida soldadesca con una notable dosis de ingenio y protagonismo.

Estas dinámicas revelan la indiscutible influencia que las prácticas de lectura, escritura y narración oral tuvieron en el ámbito social y el componente de rebeldía inherente a ellas. Es muy importante, además, que estas prácticas alcanzaron incluso la configuración de un género literario tan importante como la picaresca, en el que abundan personajes de la vida soldadesca y referencias a la pobreza y a las poco encomiables costumbres de los soldados. El rasgo más prominente en el que coincide la escritura soldadesca y la picaresca es, curiosamente, la preponderancia del discurso autobiográfico, aspecto que ofrece todavía varias pautas de estudio para los investigadores de estos fenómenos. En este tratamiento de la vuelta a la patria, una aportación muy significativa de Front lines consiste en la propuesta de que la escritura de los soldados expresa las inquietudes de una colectividad que ha dejado de ser anónima y que, gracias al discurso autobiográfico, ha accedido a la autoridad discursiva y a la posibilidad de denunciar una realidad divergente de la verdad oficial.

El libro de Miguel Martínez no solamente presenta el papel decisivo de la escritura soldadesca en la conformación de la cultura literaria de los Siglos de Oro, sino que cumple con una labor a menudo difícil en la investigación: brindar al lector los elementos precisos para ampliar y modificar su perspectiva sobre un fenómeno determinado. De esta manera, las líneas que articulan Front lines y el puntual trabajo con las varias contradicciones presentes en este fenómeno (discurso oficial-discurso soldadesco, épica-autobiografía, heroísmo-rechazo social) replantean el tópico de las armas y las letras y lo reconstruyen con aristas mucho más complejas que obligan a la reflexión antes que a la aceptación automática de modelos idealizados. Asimismo, al hacer de los discursos alternos el centro de su análisis, el libro subraya la necesidad de que los estudios literarios abreven de estas fuentes poco atendidas y contemplen que el entorno es importante para entender a cabalidad ciertos fenómenos literarios. El trabajo con la escritura de los soldados, tan enriquecedor para las letras auriseculares, nos muestra puntos de partida que vale la pena explorar para profundizar en aquellos grupos e individuos que encontraron en el acto de la lectura y la escritura una vía distinta de entender e interpretar su realidad.

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