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Raquel Sánchez, Mediación y transferencias culturales en la España de Isabel II: Eugenio de Ochoa y las letras europeas. Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt/M., 2017; 398 pp.

Alejandro Rivas Velázquez

Recibido: 10-09-2018; Aceptado: 05-11-2018

Nueva revista de filología hispánica, 2019 Jul 1


En 1966, la Universidad de California publicó el libro de Donald Allen Randolph Eugenio de Ochoa y el Romanticismo español. Se trataba del primer estudio dedicado a la vida y obra de ese escritor, cuyo nombre solía aparecer sólo en enciclopedias y en obras de carácter general o dedicadas a detallar algunas de las empresas editoriales que realizó. Pero, en general, era lo que se suele llamar un escritor olvidado. El mismo Randolph se pregunta antes de entrar en materia: “¿Por qué interesarnos en una figura secundaria del siglo XIX?”. Su respuesta es que, aunque la obra de Ochoa es “inferior” a la de autores como Larra, Espronceda o el Duque de Rivas, su estudio “puede darnos… una aguda visión del espíritu de su tiempo” (p. vii). Estas palabras quedan justificadas al terminar de leer el libro, porque impresiona todo lo que hizo Ochoa en el mundo de las letras. Fue un autor que, aparte de escribir poesía, cuento, novela y teatro, tradujo un significativo número de obras, además de legarnos títulos que corresponden a otras de sus labores, como la edición y la crítica literaria. Como bien observó Randolph, es un personaje cuyo estudio nos permite conocer varios aspectos de la literatura de su tiempo.

Ahora, Raquel Sánchez García nos presenta este importante estudio que, necesariamente, parte del trabajo de Randolph y lo tiene en cuenta en varios momentos, aunque, sin duda, los intereses y alcances de su investigación son distintos e, incluso, completan los que ofreció el libro de su antecesor. La misma autora señala algunos temas que Randolph dejó de lado y que, en su opinión, son necesarios para comprender la obra de Ochoa, como “las dimensiones políticas de su actividad y, en especial, su relación con la familia real” (p. 8). Indefectiblemente, a esto, y a su propuesta metodológica, se debe que el título del libro anteponga la España de Isabel II al nombre de Ochoa, a quien, en realidad, dedica la investigación. Para Sánchez, el reinado de Isabel II y el Sexenio democrático son una época fundamental en la “definición del estatus del hombre de letras en España” (p. 11); en parte, ello se debe a que, en tal época, además de factores económicos, existió una legislación que permitió la autonomía e independencia que hacían falta para que comenzara la profesionalización de la labor del hombre de letras, y que configuró lo que podemos llamar un escritor moderno. No cabe duda de que al Eugenio de Ochoa que conocíamos le sentó muy bien el acercamiento de una especialista en estudios culturales como Sánchez, quien ya nos había sorprendido en 2005 con su Alcalá Galiano y el liberalismo español y un impresionante número de artículos dedicados sobre todo al siglo XIX español, en los que el estudio sociológico permite examinar el hecho literario desde una amplia perspectiva. Y es que, a Sánchez, más que el análisis de la creación poética, le interesan “las prácticas en el campo literario”. De este modo, el libro ofrece datos sobre el romanticismo español que son útiles para el estudio de otros autores. Además de Introducción, Conclusión y un útil Índice onomástico, la parte central del libro la constituyen tres grandes apartados: “Ochoa, hombre de letras”, “Ochoa, mediador y agente cultural” y “Ochoa, autor literario”. En éstos, aunque los títulos empiezan con el nombre del autor, se pone en práctica la propuesta de investigación de Sánchez: “la necesidad de estudiar el mundo cultural desde una perspectiva colectiva, entendiéndolo como una red de individuos que interactúan siguiendo unas prácticas implícitas que el investigador ha de conocer para poder explicar su funcionamiento interno” (p. 364).

En el primer bloque del libro, la autora documenta las actividades de Ochoa como hombre de letras, no propiamente como escritor. Destaca que es en los tiempos en que vivió el autor cuando, en España, el sistema político y económico, el liberal, permitió que algunas actividades relacionadas con las letras pudieran ser sustento de los hombres dedicados a la literatura. Ochoa, dice la autora, no tuvo bienes de fortuna. Tampoco pudo vivir sólo de sus novelas y de algunas obras dramáticas que escribió en su juventud. Más bien, la mayor parte de su actividad estuvo dedicada a otras ocupaciones, como la traducción y la edición, en las que logró destacar. Además, como muchos escritores de su época, tuvo que recurrir al trabajo en la administración pública para sostener un nivel económico que la autora clasifica como clase media-alta. En este aspecto, Sánchez llega a decir que el Estado “ocupó en el siglo XIX el lugar de la Iglesia como refugio económico del hombre de letras” (p. 66). Aunque es cierto que, desde entonces, es habitual que el hombre de letras tenga que buscar algún puesto en la administración para obtener un salario que las letras no le aportan, en este punto, como en otros del libro, hay que tener en cuenta aspectos particulares de la vida de Ochoa, como que su esposa era Carlota Madrazo, miembro de una familia de artistas destacados muy cercanos a la familia real, de modo que cualquier estipendio que recibiera de su labor literaria parecía insuficiente para cumplir a cabalidad con los compromisos económicos que el marital le exigía. En este sentido, su caso es muy distinto del de su contemporáneo José Zorrilla, quien pudo dedicarse a la escritura llevando una vida modesta. Ochoa alternaba los cargos públicos, sobre todo, con la traducción y la edición, que, aun cuando reportaban más beneficios económicos que la creación, tampoco eran suficientes, ya que, como señala la autora, la sociedad liberal había instaurado espacios para el desarrollo profesional de la actividad literaria, aunque sin estabilidad en lo económico, pues “el principal beneficiado en este proceso era el editor y no el escritor” (p. 79). Y en este punto, también la actividad de Ochoa y el libro de Raquel Sánchez son importantes, porque nuestro escritor, por ejemplo, participó en la creación de una Asociación de Autores Españoles que dio inicio a lo que después sería la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. El libro, por lo demás, ofrece abundantes pistas para los interesados en estudiar los esfuerzos de los intelectuales por lograr autonomía y reconocimiento de derechos de autor. Aquí se muestra el inicio de algunos procesos que siguen vigentes en la sociedad contemporánea.

La autora no sólo se interesa por los cambios que se dieron en el período estudiado en legislación y en apertura de espacios de libertad de expresión para que la actividad literaria pudiera transformarse, sino que también considera los cambios en el ámbito industrial. Por ejemplo, a propósito de la mecanización de la imprenta, que permitió que el precio del libro disminuyera y se incrementara el mercado, Sánchez destaca otro aspecto interesante: el intelectual pudo acrecentar su biblioteca personal, a la que considera “su instrumento de trabajo” y, con ello, ampliar sus “posibilidades creativas y profesionales” (p. 109). A este respecto resulta atractivo uno de los apartados del capítulo segundo dedicado a la “Descripción general de la biblioteca”, en que se ofrece un inventario de los bienes de Ochoa que permite saber qué libros tenía en su casa antes de morir. Su biblioteca, con un total de ochocientos cincuenta y seis títulos y ochocientos sesenta y tres volúmenes, nos habla de un hombre con una gran curiosidad intelectual cuyos intereses iban más allá de lo literario. La autora hace una descripción de las obras, del tipo de encuadernación de algunos de ellos, del idioma en que fueron publicados: 50% en francés; en español, la segunda lengua, un 39.43%; le siguen títulos en latín, italiano, inglés y portugués. Es, no cabe duda, una parte de sumo interés del estudio de Sánchez, aunque, como ella reconoce, se debe tomar esa información con reservas ante la imposibilidad de saber cuáles de esos títulos leyó Ochoa.

Como ya se comentó, en el estudio de Sánchez el aspecto político es fundamental, pues la vida de Ochoa estuvo marcada, sobre todo, por su estrecha relación con la regenta María Cristina y su esposo el duque de Riánsares. Ochoa formó parte del círculo de conservadores que rodeaba a la familia real y, gracias a esta relación, obtuvo varios nombramientos importantes, como el de bibliotecario segundo en la Biblioteca Nacional (1844), el de Jefe Político de Huesca, o el de Censor de Teatros en 1849, entre otros. Pero ante los vaivenes políticos de esa época en que la monarquía enfrentó la oposición social de manera casi constante, este “convencido defensor de la monarquía isabelina” vería afectada su imagen de hombre de letras independiente. Cuando María Cristina y su familia se vieron obligados a salir de España, Ochoa creyó que su deber era defender a la familia escribiendo una biografía, que finalmente publicaría en París, en 1854, con el título de Doña Isabelle II de Bourbon, Reine d’Espagne; después, con ese mismo propósito, para movilizar la opinión pública en la defensa de la monarquía, inició el periódico El Amigo del Pueblo. Dada la impopularidad de María Cristina, Ochoa acabó comprometiendo su “crédito como hombre de letras independiente” (p. 132), lo que hubo de influir de manera decisiva en la recepción de sus obras de creación y de crítica. Pero hay que decir que Ochoa realizó este tipo de actividades de carácter político por sus convicciones más que por intereses económicos. En este sentido, la inestabilidad política hizo que los románticos vieran afectada su labor literaria en un país donde las pugnas entre distintas facciones y los cambios en el gobierno hacían difícil el desarrollo de las letras durante períodos prolongados.

Así, en ese ambiente político inconstante, Ochoa tuvo que buscar siempre alguna actividad que le dejara vivir de las letras, aunque no estuviera relacionada con la creación. Raquel Sánchez, de hecho, dice que “sus contemporáneos lo vieron más como un polifacético intermediario, que como un creador literario” (p. 164). Y es que la mayor contribución de Ochoa al mundo de las letras quizá sea como “mediador y agente cultural”, tal como dice el título del tercer capítulo, en que se presenta la labor de Ochoa como traductor, faceta en la que se destacó, según atestigua el reconocimiento que recibió por sus traducciones de Víctor Hugo, sobre todo de Hernani (1836) y Nuestra Señora de París (1836). Si la literatura española del Romanticismo no se concibe sin la lectura de los autores franceses, esta presencia en España no se entiende sin la labor de Ochoa. Por su formación y sus constantes estancias en París, la mayor parte de la obra de Ochoa como traductor estuvo dedicada a autores franceses. Sus traducciones permitieron que circularan por España obras de figuras como Balzac, Dumas, Sand, Chateaubriand e incluso Lamartine, aparte del ya mencionado Víctor Hugo. La popularidad de estos autores, además de rendirle beneficios económicos, lo sitúa como referente del romanticismo hispánico, pues la labor desempeñada no sólo consistía en presentar a escritores extranjeros en España, sino en dar a conocer la cultura española en otros países. Europa y América tuvieron noticia de muchos clásicos españoles y algunos nuevos escritores peninsulares a partir de la Colección de los Mejores Autores Españoles, realizada por Ochoa para Baudry, de París, que compiló la obra de 65 autores y se publicó en 1840. Según advierte Sánchez, “fue la primera gran colección extranjera de historia de la literatura española” (p. 247). Ochoa también tradujo a varios autores de lengua inglesa, entre los que destaca Walter Scott, algún tratado de física, libros de devoción. En el ámbito de la traducción, la presentación de obras teatrales famosas de autores franceses fue lo que más ganancias le dejó y le dio mayor popularidad. El público apreciaba la puesta en escena de estas obras en los teatros españoles.

Su labor de traductor estuvo muy relacionada con la de editor. Nunca llegó a convertirse en empresario; su trabajo consistió, dice Sánchez, en que “seleccionó autores, buscó originales, consiguió textos, preparó colecciones…” (p. 209). Ambas actividades, traducción y edición, cristalizaron en grandes proyectos culturales. Tal vez el más importante sea la revista El Artista (1835-1836), que Ochoa fundó con su cuñado y en la que participó como autor y traductor. Ochoa consideró esta revista el medio para la “revalorización de la cultura nacional con el objeto de que esta ocupara su lugar en el contexto europeo al que pertenecía” (p. 344). Es sin duda una de las publicaciones más importantes, y fundamentales, para conocer la literatura romántica española, pues en ella colaboró la mayoría de los grandes románticos, y para estudiar el movimiento. Ochoa publicó en sus páginas una serie de bosquejos bibliográficos de autores como Martínez de la Rosa, Duque de Rivas, Bretón de los Herreros, Alberto Lista y Antonio García Gutiérrez, que siguen siendo de utilidad por el particular y cercano conocimiento que el autor demostró tener de ellos. El Artista, pues, es uno de los mayores legados de Eugenio de Ochoa.

La otra gran faceta de la obra de Ochoa es la de crítico literario, actividad que inició en El Artista. Como crítico, Ochoa valoró la literatura desde una perspectiva vital y política, pues, encuentra Sánchez, “jamás dejó de considerar la importancia de los elementos morales que se llevaban a escena”. Según su postura, la crítica es uno de los instrumentos para la educación de la sociedad. En este punto es interesante la manera en que Sánchez presenta el ejercicio de la crítica en un momento en que comenzó a proliferar la publicación masiva de obras que no requerían de la opinión del crítico especializado para apoyar la lectura; estas obras de distinta especie, que irrumpían cada vez con mayor fuerza en el mercado, “no necesariamente habrían de pasar por la verificación de la crítica” (p. 255), porque tenían por propósito el mero entretenimiento. Pero de esta actividad como crítico hay algunos datos interesantes, como haber destacado el valor literario de las primeras novelas de Galdós, quien siempre agradeció las opiniones que publicó, o el hecho de que, luego de leer La gaviota (1849) de Fernán Caballero, fuera tal su entusiasmo que llegó a decir que se le podía considerar “la segunda gran novelista de la literatura española después de Cervantes” (p. 262).

El tercer apartado del libro, “Ochoa, autor literario”, aunque breve, se trata de un interesante repaso por la obra de este personaje. Que el tema de la creación ocupe el último capítulo no es gratuito, ni se debe a que la autora considere esta actividad como la cumbre de la labor del autor. Para ella, la creación literaria es importante en toda la obra de Ochoa que vimos antes, pues dice Sánchez, Ochoa “pudo ser crítico, editor, traductor y periodista porque también era autor” (p. 343). Gracias a esta vocación conocía las estrategias y la forma de trabajar de un escritor. Diferir esta revisión de la obra creativa al final del estudio se explica por la propuesta de análisis de Sánchez, quien, a la hora de acercarse al Ochoa autor, sitúa su obra adecuadamente en el entorno social y vital en que pudo desplazarse. Esto permite a Sánchez explicar muchos aspectos. Así, por poner sólo un ejemplo, al hablar de la última novela de Ochoa, Los guerrilleros, cuya primera parte se publicó en 1855, y de la cual las otras dos que estaban planeadas no verían jamás la luz, Sánchez recuerda que ese año Ochoa tuvo que salir de España, por lo que “podría decirse que el exilio truncó la continuación de la novela” (p. 358). Tal vez por ello sea que Ochoa no ha sido reconocido por los estudiosos como un escritor destacado. Sin embargo, Sánchez encuentra elementos de relevancia en esa novela, en que asoman ya el “costumbrismo y el realismo” y, apoyándose en Randolph, no duda en decir que esta obra de Ochoa “anuncia las primeras novelas de Galdós” (p. 358); pero por haber tenido que dejar el país en ese momento de su vida creativa, debido a su cercanía con el poder, agrega Sánchez, “nunca podremos saber ni las peripecias de sus personajes ni su conclusión” (p. 358).

Una de las interesantes conclusiones de Raquel Sánchez es que el estudio de la vida y la obra de Ochoa permite decir que “la figura del hombre de letras, como profesional integrado en la sociedad liberal, quedó plenamente consolidada durante el reinado de Isabel II” (p. 362); otra de ellas, que el acercamiento a su vida privada, sus costumbres y sus gustos, además de sus relaciones familiares, permiten incluirlo “en los mismos parámetros de la domesticidad burguesa en la que se movían otros profesionales como los abogados y los comerciantes” (p. 362). Situación que hoy se tendría, de cierta manera, por habitual, pero que, a mediados del siglo XIX, alcanzarla requería de mucho esfuerzo. La vida de Ochoa nos señala el origen de muchos aspectos del mundo literario que conocemos hoy en el momento en que comenzaron a gestarse. Y esto porque Ochoa fue un hombre excepcional, con una formación literaria impresionante y un conocimiento profundo de varias lenguas, así que, si nos permite conocer la cultura de su tiempo, es precisamente porque realizó sus actividades literarias desde una posición privilegiada.

Raquel Sánchez, según he intentado mostrar, nos ofrece un detallado estudio de la labor de Ochoa. Analiza la biografía, las relaciones personales, las condiciones políticas y sociales en que vivió y la extensa obra que produjo en todos los ámbitos en que se involucró. Toda esta información sirve a la autora del libro para identificar los intereses de Eugenio de Ochoa y para entender el sentido de una obra tan extensa. Ochoa estuvo motivado por el deseo de “europeizar” España, conservando la esencia de lo español. Por ello editó muchas obras clásicas españolas y se interesó por difundir la literatura de su patria en otros países del continente mediante su labor de traductor. Pero este propósito también requería de la difusión de las ideas de otros europeos en España, lo que se lograría con la traducción y publicación de los grandes escritores extranjeros y con la formación de buenos lectores, intención persistente de Ochoa, que se demuestra, además, con sus contribuciones a la crítica literaria, así como con sus estudios y semblanzas de autores españoles. Esta intención de Ochoa explica, dice Sánchez, su obsesión por la pureza del idioma, aspecto de interés en un autor que conocía sobradamente, y dominaba, como propia, la cultura y la lengua francesas.

Si Randolph logró maravillarnos con una obra que nos presentó a Eugenio de Ochoa no sólo como creador literario, sino como “un hombre de su época”, el libro de Raquel Sánchez impresiona no únicamente por la variedad de temas analizados, sino también porque ofrece multitud de detalles de la cultura literaria de la época romántica, que seguramente servirán para más investigaciones sobre otros autores y temas tanto del siglo XIX como de la época actual. El libro es una obra modélica en los estudios literarios y para los estudios de traducción porque sabe aprovechar los resultados de la investigación con enfoque sociológico para explicar hechos literarios y traductológicos desde las causas que los originaron. Hay que agradecer su aparición hoy cuando abundan estudiosos que creen que para explicar una obra o conocer a un autor, o a un traductor, basta con la intuición.

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